viernes, 15 de mayo de 2020

Nuevos Usos y Costumbres de la Lengua Española



Luzbel es la incomunicación,
el fácil deletreo que idiotiza.

“Porque soy el poeta…”
Francisco Matos Paoli



Una lengua es un ente vivo y la española no es una excepción, naturalmente. Durante años de producción literaria, lectura y comunicación hablada y escrita, he observado que son precisos nuevos usos y términos en nuestro lenguaje, a fin de enriquecer la comunicación dotándola de mayor vigor y riqueza léxica.

Este glosario singular se nutre de vocablos que pueden haber sido empleados de las más diversas maneras, cuyas posibilidades serían:

·Que los parlantes los hayan proferido por un error aparente, es decir, una especie de serendipia lingüística.
·Que necesariamente hayan de existir para referir objetos de nuevo cuño o escenarios tan inauditos como sorprendentes.
·Que sean necesarios para cultivar con propiedad una literatura de lo absurdo.

Juzgue el lector el caso que puede aplicar a cada uno de los términos o si incluso podrían servir a propósitos diversos. Y para demostrar que estos usos son necesarios, después del glosario se encontrará un relato construido con la argamasa de los nuevos vocablos, y al punto se comprobará la imprescindibilidad de los mismos.

Dicho lo cual y sin más preámbulos, pasemos a enumerar las palabras de nuevo cuño que han de hacer más rica, amena y variada la comunicación del hispanoparlante del siglo XXI:

abdominado:
Dícese del varón vigoroso y apolíneo que es celosamente custodiado por su cónyuge hasta la consumación de una cópula con tintes sadomasoquistas.

abispo:
Insecto himenóptero con dignidad eclesiástica, dotado de un aguijón cuya picadura produce dolorosos cardenales.

abración:
Acción y efecto de abrazar con tal profusión de afecto y estrechamiento que se produce gran calor por frotamiento.

absurgente:
1.    Que incita a la insurrección con argumentos absurdos.
2.    Que se absorbe en el absurdo.

amorsar:
Dar forma de morsa con gran expresión de afecto.

barberecho:
Molusco bivalvo que tiene por oficio el cuidado de barbas.

becho:
Acción y efecto de besar bajo un techo acogedor.

bufólogo:
Persona dedicada a la ciencia que vigila los cielos en busca de objetos volantes, siendo estos tan grotescos que mueven a burla.

catetónico:
Perteneciente o relativo al síndrome que se manifiesta por estupor mental y rigidez muscular, formulado por Pitágoras, y que afecta normalmente a personas palurdas.

cigote:
Célula resultante de la unión de un gameto masculino y uno femenino, en la que al menos uno de ellos luce un lustroso bigote.

circumbalar:
Rodear una ciudad o fortaleza un rebaño de ovejas, mientras emiten balidos.

contrigo:
1.    Dícese del que está con otra persona en medio de un campo de trigo.
2.    Que se posee trigo mientras se está acompañado.

cyranosaurio:
Dinosaurio carnívoro que llegaba a alcanzar cinco metros de altura y siete toneladas de peso, versado en poesía jurásica y libertino en sus costumbres.

culindante:
Posición característica de un matrimonio al dormir, de tal manera que sus partes traseras colindan en el lecho conyugal.

endibiar:
Sentir envidia por un comensal cercano que disfruta de una ensalada de endibias.

espadetis:
Pasta alimenticia de harina de trigo en forma de espada, espadón o espadín, muy apreciada por espadachines y espaderos.

everescente:
Relativo al desprendimiento de burbujas gaseosas dentro de una gran montaña.

foquear:
1.    Fabricar foques o velas triangulares de embarcaciones.
2.    Imitar el canto de la foca.
3.    Aplaudir como una foca al recibir noticias agradables e inesperadas.
4.    Convertirse en foca por descuido en los hábitos alimentarios.
5.    Según relatos del imaginario esquimal, manera en que las focas ancestrales se enfocaban en su presa al cazar.

gafiti:
Composición pictórica callejera tan pequeña que solo puede apreciarse con gafas, lupas o lentes de aumento.

gallimatías:
Lenguaje oscuro y confuso, característico de las aves gallináceas.

gastrología:
Estudio de los movimientos gástricos como medio para predecir acontecimientos futuros y conocer el carácter de personas aquejadas de gastritis.

gibante:
Ser fabuloso de enorme estatura, figura humana, con una gran joroba y que suele resultar molesto.

gorripilante:
1.    Cerdo pequeño que causa horror y espanto.
2.    Dícese de la persona que al usar gorra adquiere un aspecto estrafalario y horroroso.

güerra:
Conflicto bélico en que los generales, vestidos con uniformes sucios y desaliñados, envían a jóvenes aseados a luchar por ideales vacíos tales como la toma de zahúrdas.

hongro:
Gigante que, según las mitologías del norte de Europa, se alimentaba compulsivamente de setas y usaba sombrero hongo.

hornacino:
Hueco en el muro de un templo donde una imagen o estatua se asa en los meses de verano.

ignomancia:
Carencia de la cultura necesaria para la invocación de los muertos.

inglesia:
Edificio dedicado al culto de feligreses que profesan la fe anglicana y donde están expresamente prohibidas las ingles brasileñas.

intertedio:
Espacio de tiempo que ha de interrumpirse una representación tediosa.

jactante:
Que hace ostentación excesiva de su inclinación a la lactancia.

langosto:
Paso tan estrecho y reducido que solo permite el paso de una langosta.

latinfundio:
Finca rústica de gran extensión sembrada con latines engañosos.

luciénaga:
Insecto coleóptero que emite luz fosforescente y prefiere revolotear sobre terrenos pantanosos y enfangados.

maricastaño:
Árbol de tronco grueso, ascendencia antiquísima y hoja caduca cuyo fruto es la Maricastaña.

maryo:
Nombre del mes de abril en algunas comarcas de la Meseta Sur.

menestrable:
Dícese del ministro que puede ser elevado a la categoría de menestra.

miccionario:
Repertorio en forma de libro o soporte electrónico que contiene, en estricto orden alfabético, todos los términos relativos a la micción y sus parientes semánticos, tales como orinar, orín o meado.

misarable:
Persona de naturaleza ruin o mezquina que pretende disimular su condición acudiendo a misa diaria.

naboleón:
Hortaliza con delirios de megalomanía, rasgos felinos y grandeza fálica.

nabolitana:
Bollo rectangular relleno de naboleón, típico del sur de Italia.

ostentóreo:
Que presume de su voz ruidosa y retumbante.

ovnitorrinco:
Mamífero ovíparo semiacuático con pico de pato, pies palmeados, fino pelaje y cuya singularidad sugiere una procedencia extraterrestre.

pagaje:
1. Conjunto de bienes y efectos que porta un viajero y han sido adquiridos mediante desembolso con tarjeta o efectivo.
2.    Lugar o sitio donde se efectúa un pago en metálico.

parroquero:
Párroco que anima las eucaristías con guitarra eléctrica y pelo alborotado.

peanaje:
Derecho o tasa que ha de abonar un sacristán, párroco o parroquero para elevar la estatua de un santo a su hornacina.

pudriente:
Rico y hacendado cuyos bienes están en proceso de putrefacción en paraísos fecales.

rateza:
Rato durante el que una rata manifiesta su extravagancia.

sapotaje:
Obstrucción disimulada contra la elaboración de un potaje.

sargasmo:
Chascarrillo tan sarcástico que induce al clímax a los interlocutores.

sastronauta:
Persona que tiene por oficio el corte, confección y remiendo de trajes espaciales.

sobebrio:
Dícese del que se muestra orgulloso de su estado de embriaguez.

tonteoría:
Teoría formulada por y/o para personas con escasa lucidez mental.

triversión:
1.    Diversión entre tres participantes
2.    Tercera versión de una película que promete ser la definitiva.


*****

Don Jenaro, el parroquero de North Hutchinson (provincia de Cuenca), acababa de retirar el polvo de los hornacinos, que ardían bajo el agosto más abrasador que se recordaba en décadas. Acababa de abonar el peanaje, lo que otorgaba tranquilidad de estancia a las figuras de San Romualdo y Santa Tecla hasta el siguiente mes de maryo.

Su inglesia estaba situada a la salida del pueblo, junto a las tierras de don Saturnino, el rentista más pudriente de la localidad. Observó un rebaño que circumbalaba el cementerio; la escena le pareció la alegoría fúnebre de una Santa Compaña ovejuna que por ignomancia acatara su destino.

Pero no siempre había tenido tan sombrío talante. Recordó con nostalgia los tiempos del seminario y las bromas juveniles que soportaban los novicios, como cuando sufrió el tradicional sapotaje que consistía en una introducción ladina de naboleones en el puchero. Esta novatada fue bautizada como el duelo y quebranto del voto de castidad, por razones que nunca le explicaron.

También vinieron a su memoria aquellas clases de ciencias donde se hablaba de feroces cyranosaurios y extraños ovnnitorrincos, de luciénagas fangosas y ancianos maricastaños, mientras los seminaristas más díscolos foqueaban al abrigo de la masa.

Don Jenaro fue en cambio un seminarista aplicado y entregado a la erudición. La mayor parte del tiempo la pasaba sumido en el estudio de las lenguas clásicas entre profundos tratados, enormes archivos y  vigorosos miccionarios.

Recordó asimismo las risas y triversiones que se sucedían, siempre de tres en tres, a imagen y semejanza de una trinidad improvisada y puberal… pero era tiempo de centrarse en el presente, en los quehaceres diarios de su feligresía. En ella había algún que otro misarable gorripilante, pero eran los gajes de un ministerio eclesial que nunca alcanzaría a ser menestrable.

Así que aparcó los recuerdos y albergó el río de rizos bajo el sombrero con forma de teja. Salió hacia el pueblo en busca de don Saturnino y nada más enfrentar la calleja que daba a la calle principal se topó de bruces con Silverio, el sastronauta. Éste siempre buscaba consejo espiritual a instancias de sus clientes, pues pese a que se elevaban hacia el cielo decían no ver a Dios. Don Jenaro detectaba el sargasmo y hacíase el sorprendido con mal disimuladas sonrisas.

—¿Qué hay, don Jenaro? —dijo Silverio ostentóreo—. El negocio no va bien y creo que el padecer se me está escalando al cerebelo. Tengo que tomar montañas de pastillas everescentes y estoy leyendo un libro de gastrología, por si puedo transformar mis dispepsias en vaticinios.

El aliento del vecino traía un rastro sobebrio al fino olfato del clérigo.

—Ay, Silverio; menudo gallimatías. Son tiempos oscuros, aires de güerra se ciernen en el horizonte. Temo que los absurgentes tomen el control de las zahúrdas y caigan sobre nosotros como un enjambre de abispos.
—No sea tan cenizo y venga conmigo a almorzar, don Jenaro. Puedo preparar espadetis y barberechos en ensalada, que en nada tendrían que endibiar a las de lechugas y escarolas frescas.
—Gracias pero no tengo tiempo. He de encontrar a don Saturnino.

Se despidieron sin más y don Jenaro retomó el trotecillo piadoso por la calle principal. En esto se topó con Joselillo, el rapaz hijo de Casilda, la comadrona, que le agarró de la sotana, exaltado:

—¡Don Jenaro, don Jenaro! ¡Menos mal que le encuentro! En el bosque hay un hongro comiéndose las setas a carretadas, y también he visto un gibante con la joroba de un dromedario que quería fastidiarme.
—¡Demontre de niño! —espetó don Jenaro—. Nos vas a volver locos con tus imaginaciones y tonteorías. Y si te encontraste con esos terroríficos seres en el bosque, ¿cómo has podido escapar? —preguntó con malicia paternal­—.
—Chupado. Me escurrí por un paso langosto por el que no podían pasar y me llegué al cobertizo del Jerónimo y la Pascuala. Allí se estaban amorsando y dando bechos entre abraciones y arrumacos. Para mí que en posición culindante no podían andar. Y no sé qué decía el Jerónimo de que estaba abdominado y que se iba a quedar catetónico hasta que los cigotes se afeitaran con navaja, y que…
— ¡Bueno, ya está bien! —atajó don Jenaro la verborrea del chiquillo—. ¡Déjate de ratezas y vete con tu madre, que querrá dar contrigo!

Don Jenaro prosiguió la marcha calle abajo con presteza; tan solo se entretuvo a mirar con los lentes los nuevos gafitis que habían aparecido en los restos de tapia tras la que estuvo la casa de Nemesio, el porquerizo, Dios lo tenga en su gloria.  Estaba muy cerca la casa de don Saturnino, y quiso el azar (o Dios mismo) que al levantar la vista lo viera saliendo por el portalón.

—¿Qué tal, don Saturnino?

Era vox populi que el rentista era además caporal y bufólogo por afición, pero tan solo las lenguas viperinas contaban que su ralea venía de tan antiguo que hasta había sido niño jactante.

—Está uno bien, don Jenaro. Discúlpeme que no pueda entretenerme, el partido está en el intertedio y quiero aprovechar a zanjar algunos pagajes.
—Pero tenemos que hablar de sus latinfundios. Abundan los vae victis pero escasean los auri sacra fames. Y a los ora pro nobis ni se les espera.
—No sea tan duro, don Jenaro. Es que resulta, don Jenaro… Jenaro… ¡Jenaro…!

Jenaro despertó duchado en sudor frío al oír la voz de su mujer, asustada ante su soliloquio nocturno y unos gestos que parecían garabatear sermones. Al incorporarse y recobrar la calma pudo recordar vivamente los extraños diálogos que habían irrumpido en sus sueños. ¿Qué eran esos vocablos tan curiosos que había escuchado, en qué recóndito estante de su psique se hallaban?

Sin duda lo mejor sería olvidar la sarta de sinsentidos, y el remedio era fácil. Se prepararía un gran desayuno con té blanco, zumo de naranja y una buena nabolitana.

Pepe Aldea y Steve, mayo de 2020
steve.madrid@outlook.es

sábado, 9 de mayo de 2020

Mesianismo y castas en el siglo XXI




Forofos fervientes de neogladiadores con camisetas
fieles a la actitud fementida de los próceres encumbrados.

“SOMOS~PÚBLICO (1)”
José Luis Pérez Fuente


Se cuenta que Cincinato, patricio romano que vivió entre los años 519 y 439 a. C., pese a su condición de cónsul  y general con prestigio sin parangón vivía retirado en su finca agrícola, alejado de la agitada vida política de la Ciudad Eterna.

Corría el año 458 a. C. cuando los senadores romanos, acuciados ante la invasión de ecuos y volscos, esos vecinos levantiscos que aprovechaban la mínima ocasión para invadir a los romanos, se presentaron en la finca de Cincinato, al que encontraron con las manos en el arado. Los acongojados senadores, dada la gravedad de la situación, le nombraron dictador y le concedieron poderes absolutos, conocedores del genio militar y la capacidad política del cónsul-agricultor.

Cincinato no solo cumplió con las expectativas sino que las sobrepasó ampliamente, pues consiguió la victoria sobre los invasores en tan solo dieciséis días. Acto seguido y tras conseguir su propósito, Cincinato rechazó los poderes otorgados y todos los honores para volver a su finca y seguir trabajando en sus campos.

Ésta no sería la única ocasión ni el único motivo por el que los romanos acudieran al general, y en todos los casos se repetían los patrones: Cincinato se encontraba con las manos en el arado, recibía poderes absolutos, conseguía la victoria y finalmente renunciaba a todos los honores y privilegios para retornar a sus labores agrícolas. Podríamos hablar de un círculo virtuoso en toda regla.

¿Círculo virtuoso y no vicioso? No cuesta trabajo considerar a Cincinato como símbolo de virtud, término que deriva de los términos del latín vir, virtus, virtutes, con significados relativos al valor, fortaleza, cualidades morales y, en este caso al menos, una austeridad rayana en lo sobrehumano. Cabe preguntarse si el recorrido etimológico de la palabra podría haber sido afectado directamente por este latino singular.

Pero además de ser probablemente el mayor genio militar de su lugar y su tiempo, también era un experto legislador que mediaba en litigios en los que había que interpretar las leyes con profundidad y ecuanimidad. Y siempre con el sempiterno desenlace de abandono total de honores para retornar al arado.

Y ya que hemos aludido a las etimologías, es interesante señalar que este personaje se encuentra en el origen del nombre de la ciudad de Cincinnati, en Ohio (Estados Unidos). Tras la Guerra de la Independencia Norteamericana, un grupo de oficiales del campamento de Newburgh (Nueva York), fundó la Sociedad de Cincinnati (plural en italiano de Cincinato) como homenaje al cónsul-general-agricultor romano y su ejemplo de austeridad, desempeño patriótico y virtudes políticas despojadas de ambición personal. El primer presidente de esta sociedad fue el que también lo sería de los recién alumbrados Estados Unidos: George Washington.

LÍDERES Y SABIOS

Siempre me ha llamado la atención la génesis que rodea a todo líder, ya sea político, religioso o del pensamiento, pues las circunstancias que concurren en su (presunta) hierofanía pueden ser de lo más dispar. Quizá el lector coincida en que no es fácil encontrar Cincinatos en nuestro gran teatro del mundo, mientras que en cambio abundan líderes y gurús de pelaje diverso cuya ejemplaridad oscila entre lo escaso y la nada. Y no digamos en el mundo político, pues a muchos nos gustaría saber a cuánto está el kilo de ministro (con certificado de origen español, cosecha siglo XXI). Fuentes no gubernamentales declaran que oscila entre la berenjena y el tomate en rama.

Sin embargo, apartaré de mí el amargo cáliz de las comparaciones odiosas, a fin de no arrojar la primera hortaliza al impostor y correr el riesgo de magullar al virtuoso. Y hablando de virtudes y liderazgos, antes de bucear en aguas más profundas, es tiempo de hacer una breve digresión. Para ello, recurriré de nuevo al loco humorismo de los Monty Python a modo de parábola moderna:


Si piensas que, como es habitual, el grupo británico llevó al absurdo más extremo la circunstancia mesiánica, no puedo estar más de acuerdo. La imagen del pobre Brian tratando de escapar de su “éxito” es fiel representación, más allá de lo esperpéntico, de la elevación del profeta o mesías a una hornacina en la que no quiere estar. Por otro lado, es evidente que un personaje al que queremos encumbrar debe albergar virtudes superiores al común humano. Pero, ¿cómo determinamos dichas virtudes? ¿Cuál sería la actitud que podemos esperar de un sabio verdadero? Lao-Tse nos explica lo siguiente:

“Por ello, el sabio
maneja sus asuntos sin actuar,
y enseña estando callado.

Todas las cosas aparecen sin su intervención,
nada usurpa, nada rehúsa.
Ni espera recompensa de sus obras
ni se atribuye la obra acabada.

Por no vanagloriarse,
nadie se la puede arrebatar. (II)”

Nótese cómo estos versos evocan claramente la figura de Cincinato: “Ni espera recompensa de sus obras ni se atribuye la obra acabada. Por no vanagloriarse, nadie se la puede arrebatar”. Compárese este texto con el siguiente pasaje de Mateo 6, 2:

“Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de
ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles,
para ser alabados por los hombres;
en verdad os digo que ya tienen su recompensa.”

Es evidente que el general romano no pudo leer unos evangelios que aún no existían, pero; ¿habría tenido acceso a la lectura del Tao Te Ching? Nada lo sugiere; ni siquiera hay evidencia histórica de que este texto sea anterior a Cincinato: la tradición China sitúa a Lao-Tse y la composición de este libro de sabiduría (cuya autoría tampoco está demostrada de manera irrefutable) en el siglo VI a. C.; pero los manuscritos más antiguos encontrados son de alrededor del año 400 a. C. Precisar el tránsito por este mundo de Lao-Tse es casi tan arriesgado como ubicar la Atlántida, algo por otro lado lógico dada la antigüedad y la falta de registros fiables. Asimismo se percibe también esa tendencia, que se me antoja cíclica y estimulada por ciertas modas, que invita a cuestionar la historicidad de personajes religiosos.

En este universo en que se mueven estas figuras encontramos aspectos oscilantes entre el mito y la realidad, y es frecuente observar que se mezclan elementos míticos, simbólicos, mistéricos o heredados de otras tradiciones con los históricos. Asimismo y por si fuera poco, hay que contar con los efectos de la propaganda que seguidores o detractores podrían hacer de estos personajes notables, entre los que podríamos citar además a Jesucristo, el buda Siddhartha Gautama, Mahoma, Zaratustra, Bodhidharma, Manu, Hermes Trismegisto, Noé o Abraham. En una órbita claramente más legendaria se ubican las mitologías griega y romana, por citar solo las más conocidas para el occidental, cuyo acercamiento hacia hechos o personajes reales requiere un mayor esfuerzo hermenéutico o una imaginación superpuesta, como pueden ser las fuentes que los vinculan a manifestaciones alienígenas (no es broma, hay ufólogos que postulan tales teorías).

Y más allá de mitos y leyendas, el aroma inconfundible de una virtud genuina y un valor inédito nos sugiere que Cincinato encajaría perfectamente en el modelo de hombre del Tao.

INDICIOS DE DEMOCRACIA

Volveremos sobre el general romano, pues por el momento quería abundar en aspectos más actuales. Si recuerdas la alusión de hace unos párrafos sobre el precio del kilo de ministro, podemos extender este interrogante a concejales, delegados y presidentes de cualquier cosa. El poder se ha democratizado, lo que implica que las reglas —al menos en apariencia— cambian. Porque tendemos a hablar de los políticos como si vinieran de Saturno o de la quinta dimensión, cuando emanan de la propia sociedad que los encumbra y los lapida. Hoy puede ser ministro o concejal tu vecino; ya sea fontanero o maestro de escuela, obrero o patrón, sindicalista o liberado, ilustrado o analfabeto: todo es posible mientras sea capaz de sonreír a un niño y cosechar voto.

La primera consecuencia que se desprende es que ya no hay excusas, pues si el poder emana del pueblo, éste es corresponsable de sus líderes. Como decía el tío Ben de Spider-Man, ”un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. ¿No te acuerdas? Hágase el vídeo:


Si se me preguntara si hemos de reducir el desempeño de gobierno contemporáneo a adjetivos simples, la única opción sería salirse por la tangente, tal como haría el propio lenguaje político. Decía Winston Churchill, al que no podemos negar hechuras de estadista, que la democracia es el peor sistema de gobierno, exceptuando todos los demás. Esto es como decir que no es bueno ni malo ni todo lo contrario. La democratización política pretende la noble virtud de involucrar en las decisiones de estado a la ciudadanía y pluralizar al máximo las opiniones, tratando de obtener una componente de suma de resultados. En la teoría todo parece algo plausible, y recuerda al principal postulado de la psicología de la Gestalt, que viene a decir que el todo es más que la suma de las partes.

Este principio es válido pero según la escala en la que estemos; y me explico. Tomemos al ser humano y realicemos (al menos mentalmente) un sencillo experimento: si cogemos todos los elementos presentes en nuestro organismo (calcio, fósforo, carbono, hierro, hidrógeno, etc.) en las proporciones exactas en que residen en el mismo, y los añadimos a una marmita con la cantidad exacta de agua (dicen que es un 75%; yo de niño pensaba que esto no podía ser pues nos caeríamos a chorros, pero en fin…), para después remover este conjunto preciso de los elementos que nos conforman, tengo muy claro que no saldrá un ser humano de esa combinación. Resulta evidente que el ser humano es más (muchísimo más) que la suma de sus componentes. Por tanto; ¿podremos aplicar esta cuestión a cualquier circunstancia relacionada con el ser humano?

Como decía al principio del párrafo anterior, es importante no perder de vista la escala. Si bien resulta indudable que el ser humano es más que la suma de sus partes, nada sugiere que una suma de seres humanos sea una resultante de algo mayor que estos. Porque si fuera así, desde una manifestación podrían formularse sin esfuerzo nuevas leyes físicas, y de un estadio en día de fútbol podrían emanar profundos principios metafísicos.

Pero no me consta que tales prodigios ocurran en circunstancias semejantes. Un ejemplo válido para la suma de intelectos podríamos encontrarlo en una tertulia en la que se analiza un tema entre expertos que aportan diversos puntos de vista, en una atmósfera de cooperación y tolerancia, que enriquecen la causa común de ampliar el conocimiento de esa materia.

En el caso de la democracia actual esto resulta harto más complicado, principalmente a causa de la enorme amplificación de los actores en escena. Esto dificulta una interconexión efectiva entre los mismos, al tiempo que tiene lugar una enorme disparidad de conocimientos y pareceres. La capacitación para el ejercicio del voto implica haber alcanzado cierta edad y poco más; no se requiere determinada formación, estudios, sociabilidad, empatía o tener juicio crítico; tan solo la consciencia mínima para acudir al colegio electoral y escoger un papelito con nombres.

Sobre el papel, es difícil pensar que la democracia no sea la manera más práctica y conveniente para que la ciudadanía elija y destituya a sus gobernantes. Es una manera de evitar nepotismos, dictaduras, sucesiones, y en general cualquier proceso que no asegure una opinión mayoritaria sobre el candidato al que consideramos más capacitado.

EL MEJOR GOBERNANTE

¿Más capacitado, hemos dicho? ¿En qué se basa el pueblo para elegir al mejor gobernante? Si no lo he dicho aún, es buen momento para indicar que no soy experto en política, pero sí un ciudadano más que participa del proceso democrático. Si yo también aporto mi granito de arena al castillo electoral, justo es que pueda formarme una opinión personal, más allá de mis conocimientos técnicos de la materia. En mi caso particular, si en algo son valiosas mis opiniones es por la asepsia: carezco de filiación política, sindical o religiosa, y por tanto de servidumbre alguna, por lo que mi juicio nace de la experiencia, la observación y mi natural espíritu crítico y analítico.

Pero no me siento cómodo hablando de mí mismo, y eso que estoy en mi blog (nuestro blog, dice Steve con toda la razón del mundo). Por ello, quiero retomar el hilo que me ayude a determinar la salubridad de la democracia.

Lo primero que observo es que la democratización del elector implica la democratización del elegido y la ausencia de mecanismos elitistas, sucesorios o discriminatorios, al menos en teoría: cualquiera puede optar a afiliarse a un partido o crearlo para presentar su candidatura. Bien, supongamos que en la tertulia de expertos del ejemplo anterior hubiera de elegirse un portavoz o representante. No cuesta trabajo suponer que los tertulianos habrían de considerar al más capacitado entre ellos para la labor, contando siempre con cierta influencia de factores más emocionales de afinidad o rechazo. Por tanto, quizá no sea imposible pero sí poco probable pensar que un comité de expertos va a designar al que mejor juega al fútbol, por ejemplo. Y si piensas que estoy hablando de absurdos o haciendo alguna de mis ocasionales gracias, estás muy equivocado.

Si un grupo de expertos, de sabios o de ancianos de un pueblo celta o una tribu india tendrían muy claros sus criterios para elegir al que ha de destacar; ¿qué podemos esperar de una gran masa social de cualidades heterogéneas? Es dable pensar que habría una ambivalencia de valores: por un lado, se considerarían aptitudes como la preparación académica y profesional, el liderazgo o la honestidad; por otro también entrarían en juego sectarismos, sesgos, fanatismos, odios, clientelismos, nepotismos, intereses y conveniencias. En esta abigarrada Babel de componentes tan contrapuestas y diferentes en su naturaleza, es difícil predecir lo que puede suceder, pero podemos hacer un ejercicio de acercamiento por observación. Para ello, es interesante hacer una breve reflexión sobre la naturaleza de nuestra sociedad misma.

¿UNA SOCIEDAD DE APARIENCIAS?

No es la primera (ni será la última) vez que escribo que vivimos en una época de postureo, en la que la superficialidad y la imagen tienen un peso, en mi opinión, desproporcionado. Dicen los amantes de los principios de Pareto (te invito a leer el relato Enfermedad Laboral), que el peso de nuestras decisiones dependen un 80% de la emoción y un 20% de la lógica. Esta proporción será más o menos fiable, pero una rapidísima observación nos permitirá comprobar que la brecha salarial entre un futbolista y un ingeniero puede oscilar entre lo superlativo y lo astronómico. O entre una cantante y un contable, un actor y una azafata; etc.

Y lo que ocurre en un plano individual se amplifica en una escala de masas, pero al mismo tiempo se reduce la esencia: la emoción colectiva engulle con voracidad la serena reflexión de sus individuos. Conviene recordar que el político no es algo importado, sino que emana de su sociedad y de su tiempo. Si volvemos a Churchill, del que no podemos dudar de su sentido de estado y carisma, hoy le habría costado muchísimo convertirse en figura destacada de esta jungla política. ¿Por qué? Simplemente porque en su época los baremos de valoración del político eran completamente diferentes. Nos estamos refiriendo a la Europa de entreguerras en la que el medio de difusión preferente era la radio y Churchill, además de su experiencia y perspicacia, era un gran orador que sabía transmitir genialmente su mensaje. Sin embargo su imagen distaría de ser atractiva para los estándares de hoy. En nuestra sociedad del postureo y culto al cuerpo, de marketing y de audiencias, de seguidores ovejunos e influencers sin calorías, resulta que la brillante oratoria y las aptitudes para la gestión pasan a un segundo plano. Por supuesto que hay honrosas excepciones, pero la mayoría de políticos reposan sus principales valores en retoques de imagen, gestos estudiados, manos abiertas al público y retórica de tutorial en lugar de perseguir una preparación sólida y una experiencia práctica más útil para el cargo.

Y si echamos un vistazo rápido y aséptico al perfil medio del político y gobernante elegido democráticamente en los últimos 100 años encontraremos algunos estadistas, grandes oradores, muchos vendedores de alfombras, no pocos descuideros de lo público y algunos casos que ocupan cargos que les sientan como un traje a la medida… de un pívot de la NBA. Parece que en este caso el todo da como resultado algo menos en ocasiones mucho menos— que la suma de las partes.

Como anécdota personal al respecto de la selección (in)natural del candidato, referiré algunas frases que he escuchado en colegios electorales: “Yo voto a Fulano porque es tan guapo…” “¡Tenemos que votar a Zutano, no sea que salga elegido Mengano!” “A alguien habrá que votar, a ver qué partidos se presentan…”. Y cosas por el estilo. Vae victis.

Las virtudes de la democracia pueden degenerar en las carencias de la oclocracia o gobierno de la muchedumbre, que no es un adjetivo peyorativo; tan solo se refiere a una gran congregación de personas. Tesla o Edison en medio de un concierto serían también muchedumbre. No son pocos los que señalan, al referir los riesgos del sistema democrático, que representantes con semblante dictatorial o tiránico (un ejemplo recurrente y paradigmático sería el de Adolf Hitler) fueron elegidos por las masas de sus pueblos. Por otro lado, si nos remontamos a los orígenes mismos del gobierno de los muchos, encontramos que Sócrates, sabio entre un pueblo de sabios, fue condenado a muerte por una democracia paradigmática: la del culto pueblo ateniense del siglo IV a. C. ¿Su delito? Pensar de manera diferente que la mayoría.

BAILE DE MÁSCARAS

Está claro que la democracia no es un sistema perfecto, pero nos tranquiliza (esto sí que es mal de muchos…) que no difiera demasiado de prácticamente cualquier cosa inventada o formulada por el hombre. En el caso más cercano para un servidor, la actual sociedad española, la democratización adquiere tintes de paradoja: una derecha embozada de progresismo busca con fervor el apoyo populoso de las masas, y se proclama único servidor de un pueblo incapaz de gobernarse. Mientras tanto, una izquierda pudiente y relamida se aúpa con ahínco a ese poder contra el que decía rebelarse y se proclama único servidor de un pueblo convertido en mártir necesario para la causa. ¿Cuál es el denominador común? Todos se proclaman únicos servidores del pueblo; tan solo varían las soflamas y los colores de los collares que persiguen el poder de temporada. También son comunes los efectos: cada fuerza invoca a un mesías multitudinario que tras el Getsemaní de la campaña será entregado al sanedrín de las leyes que votó y será negado tres veces. O setenta veces siete. O tantas como sean necesarias durante una legislatura.

Durante esta enantiodromía o carrera hacia los opuestos, que deja un rastro de marketing con esteroides y puestos de mercaderes destartalados, es frecuente oír cruces de acusaciones y reproches extraídos del cesto de la ropa sucia. Una de las que más llama la atención por su recurrencia y su peculiar naturaleza es la que arroja un venablo sumergido en casta, que parece casi una discusión entre chiquillos: “Tú eres más casta que yo. ¿A que me chivo?”. No por casualidad se nos asomó una breve alusión al sistema de castas romano, y parece momento de profundizar en una cuestión tan manida como tal vez poco conocida por si podemos arrojar luz a esta sima política. Iniciaremos este viaje de la mano del general romano que empieza a ser un viejo conocido.

DE CASTA LE VIENE AL GALGO

En primer lugar, si hemos de ser fieles a la realidad, no podemos perder de vista que Cincinato no era producto del azar, y las circunstancias permitían que su figura pudiera resplandecer. Esto es porque, como ya se ha indicado, procedía de la clase patricia, la aristocracia romana que podía optar a los puestos en el senado, el derecho al voto o el mando de legiones entre otras prerrogativas. Si esta condición representaba un pase directo para estos privilegios (que como es normal podía toparse con algunos obstáculos en forma de enemigos, falta de capacidad o carisma, etc.) Cincinato, como cualquier patricio, encontraba que su posición comportaba derechos sobre tierras, bienes, acceso a formación militar y legislativa y probablemente esclavos a su servicio. Porque la sociedad romana tenía una componente esclavista basada en un sistema de castas claramente definidas entre patricios, plebeyos y una gran masa social de esclavos que ni siquiera pertenecían a la plebe, pues estaban privados de ciudadanía. Y es que de casta le viene al galgo, podemos resumir de la figura de Cincinato sin por ello menoscabar ni un ápice —en mi opinión— su valía.

Pero, ¿qué son las castas? Este término parece remitirnos a organizaciones antiguas y anacrónicas que segregaban a la gente según su condición social; hoy parece que hemos trascendido tan alienantes y clasistas prejuicios y vivimos en una sociedad democrática y plural, dotada de valores de progreso, igualdad y derechos humanos… ¿no es cierto? Hablábamos antes de la democracia, sus bondades y sus carencias, y en ningún momento hemos podido entrever que un sistema de castas pudiera subyacer tras nuestro sistema moderno salvo esas acusaciones lanzadas desde algunas voces críticas que nos hablan de clases dirigentes.

Sin embargo, en el mundo de hoy, pese a la globalización, tecnificación y democratización imperantes, persiste cierta conciencia de estratos que, si bien no parecen tan marcados como podría ser en el mundo medieval, por ejemplo, nos indican la presencia de ciertas capas sociales sujetas a todo tipo de opiniones e interpretaciones.

Aunque a simple vista pueda pasar desapercibido, aludir a sutiles clases socioeconómicas es casi tan habitual como hablar del tiempo. Así, nos referimos con frecuencia a la clase política, el tejido empresarial, la banca, los lobbies, la clase media, la clase obrera, los sin techo, etc.; términos y expresiones que señalan, con más o menos claridad, ciertas capas del manto social del que formamos parte. Estamos por tanto imbuidos, de una manera que parece impresa en el inconsciente colectivo, de una conciencia de clases en la que podemos movernos desde una comprensión básica de la sociedad hasta las más audaces teorías conspirativas. En esta línea, que goza sin duda de una clara línea comercial pues busca el impacto (o directamente el miedo, ese gran vendedor) en el público, estarían las ideas relativas al club Bildelberg y grupos de poder político-económico, alienígenas grises y reptilianos, masonería y sociedades secretas, templarios modernos y un largo etcétera de teorías con mayor o menor viso de realidad. No por casualidad el énfasis en los aspectos más sensacionalistas de estas organizaciones persigue no solo explicar los acontecimientos más relevantes, sino especialmente los más funestos.

Lamento decepcionar al lector en búsqueda de sensacionalismo si declaro que mis intenciones no van en este sentido. No solo porque hay legión de autores que desde hace tiempo transitan por estas sendas, sino porque preferimos ahondar en aspectos que permanecen inadvertidos; bien por su complejidad (para lo que trataremos de desenredarlos), bien por su falta de difusión (para lo que les daremos espacio). Por otro lado, si leíste la entrada ¿Hay alguien ahí?, tal vez recuerdes los versos tántricos:

Si ella (la verdad) ya se ha manifestado, ¿para qué sirve la meditación?
Y si está oculta, estamos midiendo las tinieblas.

Si alguien se empeña en medir las tinieblas está en su pleno derecho; en nuestro caso preferimos despejarlas para permitir que la luz entre en la alcoba. Dicho lo cual, profundizar en la idea de las castas para entender, si es que ello es posible, las circunstancias de nuestro mundo actual, parece más que conveniente. Porque, ¿cuál sería la versión más antigua que explica el sistema de castas? ¿En qué consiste realmente?

MÁS ANTIGUO QUE EL TIEMPO

La fuente la encontramos en la antigua India, en esos textos sánscritos conocidos como las Leyes de Manu. Este personaje, ya perdido en las nieblas del tiempo y al que solo podemos acercarnos con recursos mitológicos, sería el presunto autor de dichas leyes. Un acercamiento etimológico resulta interesante, pues Manu parece proceder de Manas (mente), que a su vez proviene de la raíz indoeuropea men, cuyo desarrollo encontramos en el término inglés man/men (hombre/hombres) y el español mente, que llegaría desde la etapa intermedia del latín mens – mentis. Así, Manu no parece un nombre propio fruto de una designación arbitraria, pues tiene connotaciones claras de inteligencia y sabiduría.

Y este sabio, la primera mente pensante para la mitología hinduista, tiene la peculiaridad de ofrecernos una doble vertiente: por un lado sería equivalente al Adán bíblico por su cualidad de primer hombre, y por otro sería también el "Noé" hindú que habría sido rescatado del Diluvio Universal.  No menos interesante es el relato anterior al bíblico que encontramos en el relato acadio La Epopeya de Gilgamesh, en el que aparece la figura del barquero Utanapishtî, que sería el Noé sumerio. Así, podemos trazar el siguiente esquema:

Utanapishtî → Noé → Manu
    ↑
   Adán

Una vez establecida la semblanza del autor con la escasa información disponible, es importante entender que estas leyes no son propiamente un tratado al estilo del mesopotámico código de Hammurabi, conocido por la famosa Ley del Talión. Un acercamiento superficial puede indicar que estamos ante un tratado de carácter político, pero el sentido es mucho más amplio. Una lectura más profunda y detenida sugiere que la intención del autor es ofrecer un estudio antropológico de la complejidad del hombre. Dicho estudio abarcaría desde lo social a lo psicológico pasando por las recomendaciones matrimoniales que redunden en la mejor manera del crecer y multiplicarnos.

Antes de continuar con este estudio, es importante subrayar mi intención de ceñirme al máximo en los principios que podemos considerar intactos, que residen en apenas un centenar de versículos. Como ocurre con prácticamente cualquier texto antiguo, cierto grado de deformación parece inevitable por las labores de conservación y copia. En este caso, en los textos completos se percibe la aportación personal de los brahmanes dedicados a su estudio y enseñanza, pues las fuentes documentadas más antiguas nos remiten a los albores de la dinastía Shunga, allá por el siglo III a. C, mientras que las traducciones del sánscrito a lenguas occidentales no se realizan hasta finales del siglo XVIII. Pero lo que nos importa es el contenido de los mismos y lo que atañe a su sentido y mensaje, y esto es algo a lo que nos podemos acercar con precisión al referirnos a las partes intactas. Al propio tiempo, tanto la profundidad de los mismos como el carácter totalmente mitológico del creador sugieren que podrían ser anteriores a nuestra civilización y quizá ser el lenguaje de una comprensión diferente a la nuestra. Soy consciente de lo peregrino y frágil de esta afirmación, basada en una opinión personal e intransferible basada en una intuición lógica.

LA DISPERSIÓN DE DIOS

Si dejamos las labores que competen más bien a historiadores y eruditos y volvemos a nuestra búsqueda de comprensión, comprobamos que el sentido antropomórfico queda claro cuando Manu explica el propio origen de la especie humana. Así, el versículo 31 del capítulo I dice:

“Para la prosperidad de los mundos creó de su boca, sus brazos, sus muslos y sus pies a los Brahmanes, los Kshatriya, los Vaisia y a los Shudra.”

Nótese el paralelismo con el mensaje bíblico del hombre creado a imagen y semejanza de Dios. Pero Manu va más allá y trasciende la visión tradicional de las visiones religiosas occidentales, para las que el hombre no es sino criatura creada y por tanto separada del regazo de la divinidad. El antepasado rey mítico (como lo llamaría Eliade) sugiere en cambio que la humanidad es ni más ni menos que partes fundamentales del Creador. Éste es claramente uno de los principales hechos diferenciales entre el Oriente y el Occidente religiosos: la relación del hombre con la divinidad. De esta manera, Buda no pretende ser sujeto de adoración para así convertirse en el estado del meditador que se libera de las cadenas de la ilusión maya. En cambio, este equivalente a la declaración “yo soy Dios” por parte del occidental sería considerado principio de herejía e incluso de locura.

El creador, al que se alude de manera implícita (algo característico de la lengua sánscrita), sería Brahma o el ser viviente primigenio según la cosmovisión hinduista. Esta desmembración para alumbrar a la estirpe humana dota de un sentido cósmico a la creación, vislumbrada como una visión antropomórfica que anuncia la transustanciación de un cosmos hecho carne.

La asignación de estas funciones no responde a motivos arbitrarios o caprichosos. Desde un punto de vista elemental una mano no es superior (ni inferior) a un pie, simplemente tienen cometidos diferentes. Pero Manu sí establece una línea de superioridad, que coincide con la colocación física de las partes:

Boca / Brazos / Muslos / Pies

Desde esta jerarquía, que tiene una correspondencia simbólica evidente con sus atributos, se articula este sistema de castas claramente diferenciadas y que explica en los siguientes versículos del capítulo I:

·         “A los Brahmanes les asignó (Brahma) la enseñanza del Veda, el estudio y el sacrificio para su propio beneficio y para el de otros, el otorgamiento y la recepción de limosnas.” (versículo 88)

·         “A los Kshatriya, les ordenó proteger a los hombres, conferir regalos, ofrecer sacrificios, estudiar el Veda y reprimir el apego a los placeres sensuales.” (versículo 89)

·         “A los Vaisia (o Vaishia), les ordenó criar el ganado, otorgar regalos, ofrecer sacrificios, estudiar el Veda, comerciar, prestar dinero y cultivar la tierra.” (versículo 90)

·         “Solo una ocupación prescribió Brahma al Shudra: servir sin queja alguna a las otras tres castas.” (versículo 91)

Dicho de forma sinóptica tenemos una clase sacerdotal, una clase guerrera, una clase obrera y una clase sirviente. ¿Podríamos decir, por analogía, que en nuestra sociedad moderna y evolucionada encontramos personalidades que corresponden, de una manera más o menos marcada, a alguna de estas divisiones? Reflexione el lector este punto, a ser posible de manera lúdica, mientras seguimos desenredando la madeja de estas leyes.

La pertenencia a las castas se regiría en principio por una cuestión hereditaria. El versículo 5 del capítulo X indica:

“En todas las castas, solo los hijos que nacen en el orden directo, de esposas iguales en casta y casadas como vírgenes, deben ser consideradas como pertenecientes a la misma casta.”

A la misma casta de sus padres, naturalmente. Como vemos, esta instrucción sucesoria óptima (por así decirlo) sucede en castas iguales. En el caso de castas diferentes, las leyes dictan normas muy severas, sobre todo en lo que respecta a los Shudras. Así, en el versículo 9 del capítulo X leemos:

“De un Kshatriya y de una mujer Shudra nace un ser llamado Ugra, que se parece tanto a un Kshatriya como a un Shudra, horrible en sus maneras y que encuentra placer en la crueldad.”

Ugra es el término sánscrito equivalente a ogro en español. Ésta es a mi entender la raíz más antigua del pavoroso ser de los cuentos (que sería también el orco que universalizó Tolkien, y que hallamos en mitologías célticas), que no es sino el fruto de una unión desaconsejada. Pero no se acaban ahí las tragedias progenitoras de los pobres Shudras, pues el versículo 12 del capítulo X refiere lo siguiente:

“De la unión del Shudra con la mujer Vaisia, Kshatriya o Brahmán, nace un Aiogava, un Ksatri o un Chandala, los más bajos de los hombres, hijos que deben su origen a una mezcla de castas.”

Estos términos que designan al producto de la mezcla de castas vendrían a ser los parias, que quedarían excluidos del propio sistema. Este término, que sin duda le resultará familiar al lector, sería un estrato fuera de la división de castas, y que han de evitar el contacto con éstas. Son intocables por naturaleza y les corresponderían los trabajos más degradantes para afrontar la más elemental supervivencia. Ni siquiera tienen derecho a la iluminación: la naturaleza búdica estaría en un nivel de consciencia diferente y fuera de su alcance.

LA SALIDA DEL LABERINTO

Por otro lado, ¿es posible salir de esta línea sucesoria en la que el humano parece atrapado? Un aspecto interesante y que puede pasarse por alto es el hecho de que la condición hereditaria no imposibilita la permeabilidad entre castas. En el versículo 335, capítulo IX, se indica lo siguiente:

“Un Shudra que es puro, obediente a todas las castas, parco en su hablar, libre de orgullo y que siempre busca refugio en los Brahmanes, alcanza (en su vida futura) una casta superior”

Comprobamos que los traductores escriben “en su vida futura” entre paréntesis, pues interpretan que el sentido correcto no es el de “alcanzar ahora”, como sugeriría un texto traducido de forma literal. Si anteriormente citábamos el sentido implícito que contiene la escritura sánscrita, vemos que en este caso ocurre lo mismo en una cuestión que tiene cierta importancia. De esta manera, el Shudra no podrá alcanzar en vida los privilegios de una casta superior, sino que habrá de ser paciente y esperar a una reencarnación posterior. Ésta resolución puede resultar tan frustrante como ajena al lector inmerso en el tácito laicismo occidental.

Por tanto, cabe suponer que la sucesión no fuera el único factor para la asignación de la casta, pues siempre cabría concebir hijos Shudras elevados que “vendrían” de vidas anteriores. Esto implicaría que tendría que haber ciertos criterios de clasificación de las castas realizados por los Brahmanes, mediante designios que nos resultan totalmente desconocidos. También podemos entender que la presunta “esclavitud” de las castas no sea tal, pues en el momento en que hay una posibilidad de promoción (si bien perteneciente a escenarios trascendentes y quizá ajenos a la visión del hombre moderno), desaparece la noción de una servidumbre in aeternum.

AUTORRETRATO

Invitaba al lector a buscar ejemplos de esta aplicación de las castas en nuestro mundo actual. Tratando de ser profeta en mi tierra me he aplicado el cuento y he llegado a la conclusión de que según estas leyes de Manu yo sería un Vaisia, pues soy en esencia comerciante e hijo de comerciante. Pero es curioso que, por influencia de una sociedad en la que un sistema de castas dista de ser algo establecido, han intervenido en mí elementos que podemos asociar a otros estratos.

Así, tengo algo de Brahmán en cuanto a que soy dado al estudio y la enseñanza, he estudiado en un colegio religioso donde se me invitó a hacer carrera sacerdotal (opción cuya viabilidad ni siquiera me planteé) y, si somos estrictos con la definición, también he participado en el ejercicio de la limosna.

También tengo rasgos de Kshatriya, pues además de haber realizado el servicio militar estuve a punto de hacer carrera en un instituto del Ejército (lo abandoné en el periodo en que aún podía hacerlo para seguir en los Salesianos); no me cuesta hacer regalos y mi enfoque sobre los “placeres mundanos” es que si vienen se agradecen pero no los persigo.

Y algo de Shudra también me ha tocado, ya que he tenido ocasión de servir a instancias superiores, de manera más o menos obligada, en determinadas etapas de mi vida.

Como resumen, podría hablar de la certeza que tengo de los sitios en los que no puedo estar. Por las razones más diversas no podría ser juez, soldado, presidente del gobierno, jugador de béisbol profesional, pintor.. y un sinfín de cosas más. Pero lo importante es que ante todo tengo muy claro lo que soy y lo que puedo ser, y esto me sirve. No me causa ni la más mínima turbación pretender ser lo que no puedo ser o estar donde no debo estar.

Quiero recordar que esto no deja de ser una especie de experimento lúdico, pienso que si el lector realiza un ejercicio parecido con la mayor sinceridad, observará también un rasgo dominante y una mezcla de cualidades por las que difícilmente podrá catalogar o catalogarse en un estrato claramente definido. Y es que en mayor o menor medida todos admitiremos que hay algo en nosotros de Brahmán, de Kshatriya, de Vaisia o de Shudra, y ningún prejuicio moral, galimatías filosófico o legislación vigente nos privará de esta noción.

AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR

Hablando en términos generales y de cara a la opinión pública, es evidente que este sistema de organización es uno de los más vilipendiados por historiadores y eruditos (que han llegado a la quema de libros, de ahí la escasez de fuentes originales). Desde un punto de vista elemental y tomadas de modo estricto, sin los atenuantes explicados, estas leyes parecen incompatibles con ningún principio de igualdad ni posibilidad de desarrollo del hombre.

Sin embargo, cuando hablaba de la democracia de hoy me refería a las acusaciones de casta por parte de algunos políticos. Porque en nuestra sociedad, como decía anteriormente, hay una conciencia más o menos sutil de la existencia de ciertas capas de poder. Porque si de las leyes de Manu se desprende un significado de ordenación social basado en una observación de aspectos naturales inherentes al hombre, en el mundo actual esos valores pasan en mayor o menor medida por el rasero de la economía.

Sin entrar en detalles que no son precisos para este estudio, es evidente que nuestra cultura está basada en el capital y la libre circulación de bienes, productos, servicios y personas en la mayor parte de este mercado global que llamamos planeta Tierra. Con dinero se fijan el valor de las cosas y servicios, desde la mano de obra en la construcción hasta el precio del trigo o el valor de una acción en Bolsa. Hasta qué punto esto es saludable, justo o pernicioso tampoco afecta a nuestro tema, tenga cada cual su propia opinión. Si nos ceñimos estrictamente a hechos observables, hasta para los ojos menos expertos es evidente que en el mundo de hoy el dinero es tanto una herramienta necesaria como un importante termómetro social.

Nos refugiaremos en los principios básicos y sencillos que se desprenden de estos hechos: en primer lugar, que todo tiene un precio (si bien el dinero no tiene por qué ser el único medio cambiario), y en segundo y más importante, que el poder o estatus y la riqueza están en relación directa. Esto puede espolear la tentación de caer en simplismos de ricos y pobres, de opresores y oprimidos, pero la complejidad de nuestra sociedad dificulta trazar líneas inamovibles. También hemos de tener en cuenta la componente de relatividad en un mundo en que los absolutos son rara avis, permítaseme un ejemplo un tanto simplón: si hay dos náufragos en una isla desierta, tendrá más posibilidades de supervivencia el que tenga más reserva de grasas y comida que el que tenga más reservas de oro y divisas.

Recuerdo también la frase del indio americano que replicó con estas palabras al hombre blanco que quería comprar con dinero las tierras de sus antepasados:

“El día en que el hombre blanco haya talado el último árbol, envenenado el último río y matado al último animal, comprobará que no se puede comer su dinero”

Más atrás, hace ya casi cinco siglos, el inventor del ensayo Michel de Montaigne, tituló de esta manera el capítulo XXI de su primer tomo de ensayos:


“El beneficio de unos es perjuicio de otros”

Esta frase puede tomarse en un sentido literal, pues podría dar a entender que la obtención de un lucro es algo pernicioso per se y siempre ha de perjudicar a un tercero. Pero una atenta lectura del capítulo indica que la intención del escritor lleva otros derroteros. Lo que nos explica, de un modo agudo no exento de cierta ironía, es el beneficio que se obtiene de males concretos tal como hace el sepulturero de la muerte, los agricultores de la escasez del trigo, los médicos de la mala salud, el soldado de las guerras; etc. Para concluir, explica que nuestros deseos crecen a expensas de nuestros semejantes, y que la naturaleza muestra cómo el desarrollo de unas vidas surge a partir de la muerte de otras.

Si bien queda clara la relatividad de bienes y riquezas, esto no es óbice para observar que éstas influyen de manera relevante en las oportunidades y recursos que podemos poner en juego para nuestros propósitos. ¿En qué medida puede haber entonces una cultura de clases en nuestro mundo?

Con dinero y sin dinero (“hago siempre lo que quiero”, cantaba Vicente Fernández), en nuestro mundo actual podría decirse que no hay sistemas de castas, y hablar del tema parece anacrónico y trasnochado. Diríase que tan solo se emplea el término, tal como dijimos hablando de la democracia, para que unos ciudadanos señalen con dedo acusador los privilegios de otros ciudadanos. Privilegios que aquéllos normalmente pretenden.

Y si las castas y casticismos existen es bajo la naturaleza sutil de los principios de economía y las leyes que los rigen, y estarían diluidas en finas láminas construidas con poder adquisitivo y social. Las líneas difusas que separan unas de otras se verán mejor aumentando la distancia focal, como para apreciar un gran cuadro. Decía mi padre que todos somos iguales ante la ley, pero unos más iguales que otros. Quería decir que si podemos pagar un buen bufete tendremos más posibilidades de obtener más “justicia”. Del mismo modo, si podemos pagar una educación privada con las etiquetas de ciertas universidades (esto se observa mejor en el mundo anglosajón), podremos tener acceso a puestos en la sociedad que de otra manera pueden ser casi imposibles. Pero, ¿qué podemos observar en otras épocas históricas?

LAS CASTAS EN LA HISTORIA

Quizá pueda resultar paradójico, pero las sociedades más prósperas históricamente parecían tener unos estratos sociales bien marcados. De esta manera podemos hablar de las antiguas civilizaciones egipcia, griega y romana, de Babilonia y Persia, el Siglo de Oro, el Renacimiento, la Francia de Luis XIV o los imperios austrohúngaro y ruso del siglo XIX. En todas ellas se produjo un importante florecimiento económico y social acompañado de avances filosóficos, artísticos, científicos… y existían clases sociales semejantes a castas bien definidas. Simple y llanamente, no era concebible que un campesino legislara o un artesano pudiera llegar a gobernar. Cuestiones que probablemente, quizá ante la comprensión de la condición estanca de los estratos, no les quitaran ni un minuto de sueño.

El lector más crítico e informado pensará, con toda la razón, que estas sociedades no eran perfectas y que todas tuvieron su apogeo y su final. Esto es tan cierto como que la lluvia cae del cielo, y si observamos las causas más allá de los aspectos puramente históricos, nos daremos cuenta de que estos sistemas de castas no solo eran imperfectos, sino que fueron producto de una accidentalidad en la que convergían diversos intereses, ambiciones y sistemas sucesorios de toda índole: aristocráticos, monárquicos, faraónicos, patricios... en algunas ocasiones mezclados con principios religiosos deformados ad hoc. Si las leyes de Manu tenían un propósito biológico y de orden natural según las cualidades de los hombres, cuesta realmente encontrarlos en estas civilizaciones.

Más bien al contrario, encontramos castas artificiales que pueden provenir de familias fundadoras (como en Roma), directamente de la divinidad o, en el mayor de los casos, por sucesiones o designaciones que tienen sus raíces en unos motivos tan variados como poco filantrópicos: luchas de poder, enlaces matrimoniales, golpes de estado, intrigas, conjuras, conquistas de territorios por las armas, pago de favores y lealtades… Es decir, los motivos son o bien una deformación causal de los designios divinos o bien una acción estrictamente política bajo una ética cuanto menos cuestionable. Esta artificialidad de las clases, en la que hay masas que carecen de privilegios, otras solo tienen deberes y las menos solo poder y prebendas, ha de ser causa de una tensión que irá fisurando, de manera más o menos evidente, el edificio del imperio. Por estas fisuras pudieron filtrarse los efectos de los conquistadores, los bárbaros, las revoluciones, las invasiones, la corrupción, la degeneración y otras circunstancias que siempre acompañan a la fase final del ciclo de unas civilizaciones que, como todo ser viviente, contemplan su nacimiento, auge, apogeo y destrucción.

Una reflexión adicional: si nos fijamos como ejemplo en el Imperio Romano, cabe preguntarse si habría alcanzado sus niveles de longevidad, extensión y desarrollo militar, legislativo y artístico si los plebeyos hubieran intervenido activamente en el poder, los patricios hubieran trabajado las tierras y atendido los comercios, y los esclavos hubieran ejercido el derecho al voto. Nunca lo sabremos porque esto no ocurrió y esos tiempos ya no volverán. ¿O sí?

Hasta la llegada de los sistemas democráticos modernos, los poderes podían ser básicamente hereditarios o despóticos, bajo la espada de Damocles de la rebelión contra los mismos, que tradicionalmente no han conseguido sino fijar nuevas líneas sucesorias o instalar nuevos déspotas. En cuanto al sistema de castas insertado más o menos subrepticiamente, siempre fue algo artificial y deformado en favor del elitismo y la segregación social. Por tanto, si atendemos al dicho popular: ”siempre ha habido clases”, da la sensación de que esta circunstancia parece inherente al homo sapiens sapiens.

MESÍAS UNIVERSALES

De esta manera, cuesta juzgar con auténtica perspectiva el verdadero sentido de un sistema de leyes que en realidad no conocemos, y que procede de una sabiduría ajena a nuestro entendimiento. No es que tal inteligencia haya de ser superior, simplemente tiene una cualidad tan distinta a nuestra construcción social que parece irrealizable.

Lo más singular es la sensación que todos tenemos sobre nuestro lugar en la vida, del que apenas percibimos vagas sombras; y lo peor que podemos hacer es tomar los escasos indicios y transformarlos en dogma de fe. Hay cierta cultura en el mundo de los mesías de la abundancia, material o espiritual (suelen mezclarla de forma un tanto confusa) que no son sino deformadores de unos principios que apenas conocen pero retransmiten con amplia sonrisa y brazos abiertos. Estos postulados con pies de barro, que oscilan entre lo inocuo y lo peligroso, señalan fervorosamente la aparente falta de límites del ser humano o susurran que el universo conspira a nuestro favor.

Este antropocentrismo moderno, con raíces en una religiosidad primitiva y primigenia de la que renegamos conscientemente pero que en nuestro inconsciente colectivo ha dejado profundas huellas, anima más a la confusión que a rellenar el vacío existencial que dejan los falsos sistemas de valores del hombre moderno.

Basta subirse a un avión y tratar de observar a un ser humano a no demasiada altura para comprobar su insignificancia, y comprender que el universo nada puede hacer por ese átomo en la inmensidad que no deba hacer él mismo.

Son especialmente perniciosos los mensajes del estilo: “los límites solo los pone tu mente”, que proclaman una especie de instinto libertario cósmico en el que nada es imposible para el suscriptor. Pero por mucho que eliminemos esos “límites mentales” la gravedad sigue ejerciendo el mismo efecto, los tendones tienen un límite elástico, el ADN tiene una configuración determinada y el sol sigue saliendo por el este.

Si el ser humano es capaz de trascender los límites de las innumerables leyes físicas, químicas, fiscales, de circulación, universales y autonómicas a las que está sometido, no es en el plano del ser en el que se encuentra. El cambio mental, si no va acompañado de un cambio del ser, es solo demencia. En sus casos más leves se manifiesta por leves neurosis, manías, fijaciones o deseos; pero éstas no son sino formas sutiles de locura. Son socialmente aceptadas y populares porque pueden ser tratadas con costosos fármacos y elaboradas terapias.

Si las leyes de Manu se dirigen a una comprensión del ser que nos resulta ajena, es normal que su interpretación conduzca a efectos aberrantes y encuentre una feroz oposición. No es de extrañar por tanto que una aplicación tan parcial como  accidental, que no ha servido sino a los pálidos e interesados intentos del hombre por dominar a sus semejantes, haya generado numerosos detractores. Y entre éstos, algunos de los más furibundos se encontraban entre las filas del pensamiento que ha pretendido ser tradicionalmente el contrapeso de ese capitalismo del que hemos esbozado unas líneas de sus usos y costumbres. Justo es, por tanto, dedicar también unos renglones a otra corriente de gran influencia en el discurso político y social de nuestra época en el contexto de nuestro tema.

¿CASTAS EN EL MARXISMO?

Una de las corrientes más críticas con los sistemas de castas es sin duda el marxismo, cuyos adeptos han desacreditado sin ambages estas leyes de Manu. Esto es coherente con un movimiento cuya fijación fundamental reside en la lucha de clases y sería el primer argumento de los pensadores afectos a esta causa, pero la realidad podría ser distinta.

Para analizar esta cuestión con rigor lo mejor es comprobar la información al respecto desde la fuente original del ideario marxista, que no es otra que la propia obra de Karl Marx, uno de esos maestros de la sospecha según la definición de Paul Ricoeur. Los otros serían Nietzsche (que por cierto fue ferviente defensor de las leyes de Manu) y Freud.

Sin ánimo de ser exhaustivos más que en los aspectos que aportan algo a la cuestión que estamos manejando, el principio marxista fundamental no es otro que la lucha de clases, que podríamos sintetizar en la fricción que existe en una sociedad dividida en unas clases con diferentes funciones y privilegios. Siempre me pareció una denuncia genuina, en cuanto que se aboga por la eliminación de las líneas entre amo y siervo o entre rico y pobre. Inicialmente y sobre el papel, parece que todo lo que sirva a una mayor igualdad de oportunidades es tan humano como loable.

La dificultad puede surgir si, tanto en la formulación como en la aplicación práctica de cualquier sistema, se cambia la nomenclatura pero el sentido fundamental permanece inadvertidamente invariado. Es decir, que si aprendo chino para comunicar mejor un mensaje oriental errático, resultará que me equivocaré en chino.

Si trasplantamos la cuestión a la citada lucha de clases que queremos sofocar, la mitigación debería referirse a todos los ámbitos, lugares y situaciones para que los hechos se correspondan con las intenciones, y así crear un nuevo escenario social. Sin renovación no hay cambio, y hay un aspecto de los sistemas de castas que es particularmente irritante y pide a gritos una auténtica toma de conciencia.

Una de las circunstancias que encuentro más polémicas y ajenas a mi entendimiento sobre los sistemas de castas es la presencia de los parias que hemos explicado anteriormente. Es deshumanizador que esa losa haya de aplastar a las personas más desfavorecidas y cuyas circunstancias vitales impiden no solo su desarrollo personal, sino su mera supervivencia. Para Marx, este gravísimo problema de clase debería ser nuclear y prioritario, pero parece que no es así por lo que entendemos de su definición de lumpemproletariado.

PAN SIN LUMPEN

Este vocablo complicado de origen alemán (lumpenproletariat) fue acuñado por Marx y Engels en la obra “La Ideología Alemana” (publicada en 1932), con el que quisieron denominar a esa subclase social inferior al proletariado y carente de conciencia de clase. La conclusión a la que llegan estos pensadores es que, por su condición y naturaleza, esta clase ha de ser necesariamente “comprada” por aristócratas y burgueses para apoyar sus causas a cambio de su más elemental supervivencia.

En el quinto capítulo del libro El 18 de brumario de Luis Bonaparte(1852), Marx ejemplifica gráficamente lo que vino a denominar lumpemproletariado, que no sería sino el sector social formado por grupos marginados o marginales como los que constituyen la delincuencia, la mendicidad, la prostitución e incluso ciertos oficios que van de lo abstracto: “vástagos degenerados y aventureros de la burguesía”, hasta lo concreto de oficios declarados “deshonrosos”, como: “…mozos de cuerda… escritorzuelos, organilleros, traperos, afiladores, caldereros…

Es una forma audaz y radical de acabar con la delincuencia, la mendicidad y la prostitución en el sistema: sacarlos de la ecuación. Parafraseando a Nietzsche al respecto de los mendigos: incomoda darles limosna, incomoda no darles limosna. Lo que no queda claro es qué haríamos con la delincuencia de guante blanco, la corrupción institucional, la mendicidad emocional, la prostitución de lujo y la prostitución de las ideas. Pero esta obra no es un tratado de justicia social exhaustivo y no pretende dar solución total a estas cuestiones.

Llama la atención, por otro lado, que algunas de estas definiciones son un tanto vagas, como esos vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, paraguas bajo el que cabe un amplio espectro social sujeto al albur del criterio particular.

Por último estarían las clasificaciones explícitas de los “oficios deshonrosos”, entre los que hay uno que me sorprende especialmente: “escritorzuelos”. Me surge al punto la duda: ¿yo soy escritor o escritorzuelo? ¿Cómo se alcanza este discernimiento? ¿Por la calidad literaria, la producción, la redacción, la ortografía, las ideas transmitidas…?

Por otro lado, no veo nada indigno en ser mozo de cuerda, organillero, trapero, afilador o calderero; que me imagino que son solo ejemplos y Marx tenía en la mente un sinfín de oficios más. Pero no es de extrañar que alguien que nunca se desempeñó en profesiones proletarias y se casó con una baronesa tuviera tan mala opinión de los trabajos duros. Corolario: si no puedes con la aristocracia, únete a ella.

Si al lumpemproletariado le quitamos el lumpen (que significa harapo, trapo o andrajo) obtenemos una clase social más digna, el proletariado. El origen del término procede del latín proletarius, que es como los romanos calificaban en el censo a los ciudadanos que carecían de tierras o bienes y solo podían aportar la prole o descendencia al Estado. Para el glosario marxista, este proletario sería la clase trabajadora que carece de propiedades o control de su producción, por lo que debe trabajar a cambio de un salario. La diferencia básica con el lumpen sería que el proletario posee conciencia de clase, algo de lo que aquél carece y por tanto queda excluido, tras ser despachado con términos un tanto despectivos, del nuevo sistema de clasificación.

IDENTIFICACIÓN DEL CUERPO

El proletario fetén (diría un castizo, en este caso madrileño) es entonces el trabajador asalariado que posee conciencia de clase, lo que le permite librarse de ser un lumpen o paria. Por tanto, siguiendo con el símil, podríamos encajarlo entre el Shudra, que vendría a ser el trabajador poco cualificado que se dedica a servir a clases superiores (tal como un aprendiz o un ayudante) y el Vaisia, que sería un obrero ya especializado: el artesano, el maestro albañil, el oficial electricista, etc. Por tanto tenemos ya los pies y los muslos de Brahma bien definidos, nos faltan los demás.

Es fácil deducir el resto de clases. Los Brahmanes habrían de estar entre la élite intelectual, porque ningún movimiento de ninguna clase puede carecer de una cabeza pensante (o boca de Brahma) de la que emanen las ideas e instrucciones. Es difícil también imaginar que la clase obrera del siglo XIX, a la que suponemos en gran medida analfabeta, podría organizarse por y para sí misma sin una élite culta capaz de retener el mensaje.

Nos faltarían los Kshatriya, los brazos de Brahma, que habrían de ser los encargados de las labores necesarias de orden público, proteger a la masa proletaria y velar porque las ideas de la élite tengan cumplimiento. Podemos imaginar fácilmente comisarios políticos, policías o soldados cumpliendo con esta labor a la perfección. Si recordamos la definición de esta clase, también le competen los sacrificios, y este concepto está íntimamente ligado con la labor típicamente castrense de este estrato.

Es decir, que una doctrina que propugna la liberación de las cadenas de la burguesía y arremete contra la clasificación social, establece tanto clases como subclases basadas en parámetros y cuadros sociológicos que pueden resultar un tanto difusos pero cuya presencia es clara.

Así, Marx es golpeado por la misma piedra que lanzó al aire. Traza un mapa confuso donde se confunde amigo con enemigo, las clases se presienten y los fines se mezclan con los medios. ¿Por qué es indigno un mozo de cuerda y no un fontanero? ¿Por qué ha de carecer de conciencia de clase un calderero y no un mecánico? ¿Dónde trazamos la línea de la honorabilidad de los oficios, desempeñados en muchos casos por circunstancias inesperadas?

Y esta miopía de la realidad no es exclusiva de este pensador. Encontraremos causas y efectos similares en otras corrientes fruto de una mente cuyo único apoyo se basa en la comprensión intelectual. Trasponer lo abstracto del intelecto a lo concreto de la vida no es tan sencillo como idear y luego fabricar una silla (bueno, para mí esto sería una hazaña), pues ambas realidades hablan lenguajes diferentes. A continuación trataremos de trazar el proceso esencial teorético

TEORIZAR LA TEORÍA

Para una persona medianamente inteligente, formular teorías es algo relativamente sencillo. Asimismo, una persona muy inteligente y culta podrá emitir teorías de grandísimo alcance. La dificultad estriba en que el lanzamiento de esa teoría generará, sin duda alguna, resistencias contra la que se opondrán otras teorías y fuerzas de diversa índole. Analícese cualquier teoría económica, política, social y filosófica y se encontrarán fácilmente dichas resistencias. ¿Cómo? Muy sencillo: toda teoría tiene partes a las que perjudica, personas a las que ningunea, sectores sociales que ignora y elementos que no tiene en cuenta o que escapan a su control.

A una teoría marxista, por ejemplo, se opondrán ipso facto burguesías, monarquías, aristocracias y en general todo sector circunscrito a una postura conservadora. La tensión observada por la conciencia de clases del proletariado se traslada por tanto a instancias superiores, que no darán su brazo a torcer fácilmente tras un desempeño de siglos. De manera inevitable, la teoría primigenia es deformada para vencer o sortear las resistencias que va encontrando.

Pero no son estas resistencias los únicos elementos deformantes. También hay que tener en cuenta las circunstancias propias de la transmisión y sus canales, pues tanto la interpretación que se hace del mensaje, como las circunstancias cognitivas y culturales del receptor, influirán en su retransmisión posterior. Esto lo vemos continuamente: por ejemplo, el psicoanalista francés Jacques Lacan reinterpreta a Freud, o más bien invita a una relectura, al formular que el inconsciente se estructura como un lenguaje, tras la influencia que sobre él ejerce el lingüista suizo Ferdinand de Saussure. En El Jardín del Loco abundo sobre esta cuestión en lo que concierne al significado y al significante, con un enfoque un tanto zascandil y para todos los públicos.

Y aún más importante es la aplicación práctica, pasar de lo abstracto del escritorio a lo concreto de una compleja realidad social. Siempre habrá que pulir los elementos utópicos, irrealizables o perversos que contenga toda teoría para poder trasladarla a la tozuda realidad, y aquí llegamos a la parte fundamental. Porque las teorías al final habrán de servir a las masas, que se convierten al tiempo en medio necesario y propósito final de las mismas, en juez y jurado, en víctimas y verdugos. En esta singular y a veces siniestra inversión de valores (tal como dijimos de la democracia actual), resulta que una teoría no deja de ser tal para una élite a la que le resulta indiferente, complacida en sus propios privilegios; pero la masa encuentra su oportunidad histórica. Indefectiblemente la teoría ha de ser popular y extendida viralmente por interés de las partes implicadas, sea por vías de la propaganda, el populismo o el terror. Pero como ocurrió durante las revoluciones francesa y rusa, las masas pueden convertirse en amos de esa élite intelectual que había señalado con dedo acusador a monarcas y aristocráticas. Esta clase intelectual, depositaria de unas ideas que no han terminado de acomodar a unas masas ávidas de cambio, pueden acabar postradas ante ellas con una extraña mezcla de deber libertario y servilismo confuso por una causa apenas presentida.

Pero recordemos que las masas no piensan, actúan. Se mueven por los estímulos simples de la pancarta, la proclama, el eslogan y las promesas del líder que les prometió el paraíso terrenal. Dotadas de un poder que no pueden manejar, las masas acabarán fagocitando a la casta intelectual que quería derrocar al tirano, y de entre la babel de la masa se alzarán nuevas voces que se erigirán en intérpretes del idioma del rebaño. Mientras, los cadáveres físicos o políticos de los intelectuales acompañarán a los de aristócratas y tiranos. Este sería un retrato a caballo entre lo simbólico y lo psicológico de una revolución.

En resumen, la idea formulada por una mente que quizá no ha hollado la senda por la que transita tiene que sortear resistencias, sobrepasar deformaciones de transmisión / retransmisión y podar los detalles que solo soportan las amplísimas entendederas del papel bajo el escrutinio inconsciente de las masas. Obsérvese en el caso del marxismo la gran cantidad de pensadores, intelectuales, ideólogos y filósofos que desde Marx han ido añadiendo o enmendado la plana al original, y se verá que son legión.

He de aclarar que he abundado en el marxismo tal como podría haber profundizado en cualquier corriente religiosa, política o económica, donde habríamos encontrado similares elementos de distorsión desde la idea original del profeta o pensador primigenio. Al mismo tiempo, si el tema de las castas era el hilo conductor del estudio, resultaba muy tentador contraponer las leyes de Manu a la conciencia de clases. Tan solo espero que el experimento haya resultado culturalmente nutritivo para el lector y haya tenido buenos momentos para la reflexión.

ÚLTIMAS PALABRAS… POR HOY

Cuando realicé un análisis crítico de la democracia, alguien pudo pensar que hubo intenciones de denostar este sistema, cuando lo único que hice fue señalar sus defectos y posibles deformaciones. Como ciudadano de un país gobernado en democracia, tras recordar que no soy un experto analista político, postulo que éste no ha de ser el menos malo, como daba a entender Churchill, sino el mejor. Pero el principal escollo es que la democracia requiere trabajo e implicación de todos los actores en juego, y éstos no son solo los políticos que tanto nos gusta criticar.

Decía Gandhi que debes ser el cambio que quieres ver en el mundo. Si queremos políticos mejores tenemos que ser una sociedad mejor. Es digno de estudio observar, tras desempeñarnos en nuestras labores situadas en la base de la pirámide de Maslow, cuáles son nuestros siguientes escalafones de inquietud. Si nuestro mayor interés artístico es visionar personas metidas en una casa, si nuestra labor divulgadora se limita a publicar fotos de gambas al ajillo, si nuestro concepto del deporte es ir a un estadio con la cara pintada a insultar a un árbitro, si nuestro concepto de la cultura es escuchar a heraldos de cualquier causa cuyo único interés es aumentar suscripciones, si nuestra idea de la economía es consumir compulsivamente productos que no necesitamos, si nuestra idea de la acción social radica en participar en manifestaciones por causas que no sabemos explicar… no podremos pretender que nuestros políticos sean Cincinatos, Cicerones, Castelares, Cánovas, Churchill o Washington.

Somos parte de la sociedad y si cambiamos la sociedad cambia, el todo ya no es el mismo. Quizá solo con esfuerzo y venciendo la inercia mental podamos mejorar la calidad de nuestra consciencia y ser algo mejores. Y con nosotros lo será nuestra sociedad y también nuestros políticos. Sin dudarlo.

Pepe Aldea, mayo de 2020
steve.madrid@outlook.es


P.S. Me he opuesto a muchas cosas, y es tiempo de liberar la tensión acumulada. Para no perder del todo el hilo, quiero acogerme al marxismo para todos los públicos y todas las clases, que no es sino el de los famosos hermanos que provocaron mis carcajadas desde la más tierna infancia. Con el tiempo, pude alcanzar un poco la profundidad tras el absurdo histriónico de estos cómicos inmortales. Me opongo, sí, como el genial Groucho también se oponía con cinismo genial e hilarante en la siguiente escena, perteneciente a la película Plumas de Caballo (Horse Feathers). Hasta siempre, profesor Wagstaff.