sábado, 6 de junio de 2020

El Fracaso en la Comunicación


Ve y di a ese pueblo:
escuchad bien pero no entendáis,
ved bien pero no comprendáis.

Isaías 6, 9


En un país del Lejano Oriente, un monje anciano recorría un camino junto a su joven discípulo. Éste honraba la sabiduría de su maestro, que era un vivo ejemplo de virtud y prudencia.

Al llegar a un recodo del camino se toparon con una senda embarrada que lo atravesaba, ante la que se había detenido una hermosa joven, ataviada con un kimono de delicada seda.

El maestro vio el apuro en el que se hallaba la muchacha por lo que, sin dudarlo un instante, la tomó en brazos y la depósito al otro lado del paso. Mientras, el joven monje asistía a la escena con gesto sorprendido.

Prosiguieron su camino sumidos en un incómodo silencio, que el maestro interrumpió de esta manera:
—Estás muy callado; ¿no tienes nada que contarme?
—¿Tengo que explicarlo? —dijo el discípulo con tono airado—. Somos hombres religiosos, que hemos renunciado al mundo y sus placeres. ¿Cómo puede un gran maestro tomar a una mujer en brazos?
—Ya deposité a la joven al otro lado del camino —respondió el anciano monje—, pero veo que tú aún la llevas en la cabeza.


No es por casualidad que el fingido diálogo (puedes leer el texto completo en Heidegger versus Lacan, extraído del capítulo XII de El Jardín del Loco) entre dos destacadas personalidades del pensamiento del siglo XX parece una de las partes más áridas de la obra. En primer lugar; ¿por qué Lacan y Heidegger y no Sartre y Freud o Nietzsche y Marx? Por dos razones muy sencillas: por un lado, la pareja de baile escogida fue amplio objeto de estudio en el marco de una formación que recordar no quiero, y por tanto tenía abundantes mimbres de sus vidas y obras. Por otro, el hecho de que ambos personajes se refirieran el uno al otro en diversas ocasiones a través de sus publicaciones y en realidad apenas hubieran tenido comunicación directa, me permitía expresar una de las ideas fundamentales del libro que puede pasar inadvertida: el fracaso en la comunicación.

Si bien breve, este diálogo resultó ser no obstante un importante desafío intelectual. Mi conocimiento de la vida y obra de ambos personajes era más bien superficial, por lo que hube de suplir esta carencia con una abnegada dedicación que se tradujo en largas horas de estudio. Una vez hube recolectado todos los elementos que permitirían vertebrar el hipotético encuentro, solo restaba que el relato fuera no solo válido sino totalmente veraz. Al tratarse de una obra que había de emanar del intelecto y transmitir una erudición recién aprehendida, la tarea se presentaba más propia de un amanuense que del autor un tanto gallardo y calavera que acostumbra a asomarse por mi pluma.

Este rigor necesario me llevó a confrontar, leer y releer durante largas horas las publicaciones y comentarios de cada cual con sus referencias mutuas y añadiendo también el hilo del riguroso directo, pues la representación había de ocurrir al socaire de un encuentro que tuvo lugar en un restaurante de Friburgo, aunque bajo condiciones muy diferentes.

Una vez determinados los elementos corpóreos del relato podemos explorar su espíritu, a fin de obtener una mayor comprensión de un diálogo presuntamente oscuro.



LA IMPORTANCIA DEL SÍMBOLO

Lo primero que hay que entender es que El Jardín del Loco es ante todo un escenario simbólico; enseguida se hace evidente la moderación en el relato descriptivo. Las descripciones de lugares y personajes son más bien escasas, y solo aparecen cuando la narración lo exige —como cuando observo el jardín por primera vez— o tras puestas en escena destacadas, como la de Paracelso (los más leídos habrán notado el homenaje a Quevedo y su descripción del Dómine Cabra) o la de Rob y sus circunstancias, cuya peculiar razón de ser engulle un capítulo entero. El simbolismo se percibe no solo por esta ausencia de ornamentos, sino también en las técnicas narrativas: numerosos diálogos, elementos teatrales, personajes breves y abundantes delineados con apenas un puñado de palabras… este simbolismo pretende impresionar la creatividad del lector, que ha de reconstruir los elementos faltantes para dar coherencia (si es que tal es posible) a una historia con diferentes niveles de comprensión. Esto lo hemos podido constatar con el tiempo, cómo de un mismo relato se han encontrado tantas visiones e interpretaciones como lectores, algunas de ellas verdaderamente disímiles.

Porque si de algo quería impregnar el relato de El Jardín del Loco era de honestidad. No sería coherente que una obra construida desde una experiencia traumática, en la que tanto habían influido las opiniones ajenas, cometiera el mismo pecado del que decía abominar. Por eso le insistí a Pepe que debíamos incluir la declaración de intenciones de no contaminar la opinión del lector, y así se dejó claro desde el prólogo. De esta manera me pude sentir libre de narrar una experiencia tan íntima en la que concurrían temas tan dados al debate como universo y ciencia, Dios y religión, psicología y mente, filosofía e historia, cine y literatura e incluso alquimia y simbología. Quería que mi vivencia fuera una especie de espejito mágico donde pudieran contemplar los lectores la naturaleza de su espíritu.

Y el resultado lo prueba el feedback recibido, como no podía ser de otra manera. Así, la persona que rebosa humanismo ha destacado los rasgos más humanistas, hay quien nos ha hablado de barroquismo con un lenguaje aún más barroco, se han detectado venas de filantropía por personas con grandes cualidades filantrópicas, aquél a quien indigna el borreguismo ha subrayado la degradación de lo gregario… no ha habido dos comentarios iguales, y ésta es sin duda la mayor riqueza de una obra: la construcción que realizan los lectores a partir de los materiales dejados por un autor que ha desaparecido en el relato, que solo ha depositado “lo negro” sobre el papel, como hubiera dicho la señá Benina en la galdosiana Misericordia.

De esta abigarrada Babel de reflexiones se desprende al mismo tiempo una cuestión coyuntural: si el relato permite aflorar una deconstrucción personal y sin interferencias, tal vez podamos presentir un matiz de éxito en lugar de fracaso en la comunicación, incluso en el seno de un malogrado diálogo que —en apariencia— no podía producirse.




LA UNIDAD ENGENDRA LA DUALIDAD

Pero, ¿cómo acotamos o definimos tal éxito, si es que es el caso? Si nos atenemos a un mera definición académica, aquél no es sino el cumplimiento de una meta u objetivo. La antítesis expresada en forma de fracaso será por tanto la otra cara de la moneda, así que una cualidad dual es inevitable. Obsérvese cómo explica el Tao Te Ching el surgimiento de la dualidad:

“El Tao engendra la Unidad,
la Unidad genera la Dualidad,
la dualidad engendra la Tríada.
La Tríada engendra todos los seres.
Todos los seres llevan la sombra a sus espaldas y la luz en los brazos.” (XLII)

De un único objeto de comunicación nace espontáneamente la dualidad del éxito y el fracaso sin solución de continuidad, entendidos tales extremos en función de la comprensión del mensaje. Pero esta dificultad que parece inherente al acto comunicador fue profetizada varios capítulos antes, en La iluminación siempre llama dos veces. Aquí encontramos el siguiente diálogo:

“—No lo diría así; por supuesto que tienen su utilidad [las palabras], como un gorro en un día de invierno; el lenguaje envía al simio interior a la profundidad de la caverna. Aunque también diría que la civilización perece por sobredosis de palabras, estamos contaminados por los términos. La exacerbación de esto lo vemos en la política, cómo puede un diputado estar una hora hablando sin decir absolutamente nada. Es realmente la perversión de la retórica al servicio de la dialéctica, el acabamiento del vocablo en sí mismo, la redefinición orweliana del lenguaje, la deformación esperpéntica del discurso.
—Tú también empleas muchas palabras.
—Antes dijiste que es nuestra herramienta de comunicación, como así es; no tenemos otra manera de entendernos… ¿O sí? extendí de nuevo mi pecadora mano hacia el muslo ebúrneo—.
—¿Qué haces? ¿Otra vez te pones el disfraz de medusa?
—No, era un experimento.
—Y un cuerno. Tú quieres meterme mano.
—No, quería comunicarme sin palabras, para mostrarte que es posible tal cosa. Como el Buda pero menos filosófico, más carnal. No me da el caletre para más.”

Diríase que el mensaje es bastante claro en apariencia y, dejando aparte intenciones (tal vez) aviesas, el éxito al comunicar se transforma en fracaso al llegar al receptor, que emplea otro código. Esta problemática no es exclusiva de un pasaje narrativo, pues podemos observar de manera cotidiana que nuestro lenguaje es siempre subjetivo, y en cada palabra existe una impronta particular que el receptor quizá no comprende. Esta impronta puede ser de naturaleza múltiple (intelectual, emocional, cultural e incluso ontológica) y manifestarse de muchas maneras a ambos extremos del canal de comunicación. Así, no es infrecuente encontrar que elementos humorísticos, aterradores, irónicos, sarcásticos, grotescos o llamativos no estén en la misma longitud de onda para emisor y para receptor.

Cada palabra encierra per se un contenido simbólico en el que interviene necesariamente la componente subjetiva que merodea en los registros de la memoria. Por ejemplo, si una persona dice “árbol” puede estar pensando en un “roble”, mientras que los que le escuchan pueden imaginarse en cambio un “pino”, un “haya” o una “encina”. Y cuanto más complejo es el símbolo mayor será la subjetividad, y con ella las variables que intervendrán ante su irrupción. Razone el amable lector cuántas sensaciones, emociones, imágenes y términos aparecerían ante palabras con alcances tan amplios como “naturaleza”, “universo”, “Dios”, “hombre”, “vida”, “ciencia” o “religión”.




UN SABER RECIÉN RENACIDO

Pero como ya se ha referido en numerosas ocasiones en este blog, no hay nada novedoso en estas cuestiones. Y ya que hemos aludido a términos imbuidos de religiosidad o sabiduría oriental, me viene a la memoria un pasaje apócrifo que puede ser de gran interés. Léase este texto extraído del Evangelio de Tomás, cuyo manuscrito fue encontrado en la localidad egipcia de Nag Hammadi en 1945. Este texto difiere en estructura e idioma con los evangelios considerados canónicos —está escrito en copto y no en griego koiné, como éstos— y consta de 114 dichos, en los que el 22 indica lo siguiente:

“Jesús vio unas criaturas que estaban siendo amamantadas y dijo a sus discípulos: «Estas criaturas a las que están dando el pecho se parecen a quienes entran en el Reino». Ellos le dijeron: «¿Podremos nosotros —haciéndonos pequeños— entrar en el Reino?» Jesús les dijo: «Cuando seáis capaces de hacer de dos cosas una, y de configurar lo interior con lo exterior, y lo exterior con lo interior, y lo de arriba con lo de abajo, y de reducir a la unidad lo masculino y lo femenino, de manera que el macho deje de ser macho y la hembra deje de ser hembra; cuando hagáis ojos de un solo ojo y una mano en lugar de una mano y un pie en lugar de un pie y una imagen en lugar de una imagen, entonces podréis entrar [en el Reino]».”

Una lectura rápida nos arroja una interpretación poco menos que incomprensible, a caballo entre la antinomia y el pasmo más completo. Es interesante observar que, si bien el contexto general de este evangelio no difiere mucho de los canónicos, este pasaje no se encuentra contenido en éstos, al menos de manera explícita y evidente.

Este texto novedoso y sorprendente denota el manejo por parte de su autor de un conocimiento muy distante en el tiempo y en el espacio. Así, si regresamos al Tao Te Ching:

“Porque el ser y el no-ser se engendran mutuamente.
Lo fácil y lo difícil se complementan.
Lo largo y lo corto se forman uno de otro.
Lo alto y lo bajo se aproximan.
El sonido y el tono armonizan entre sí.
El antes y el después se suceden recíprocamente.” (II)

Estos versos pueden arrojar un poco de luz al foso donde se habían precipitado nuestros huesos. En primer lugar, el paralelismo ontológico puede palparse gracias al empeño del hombre del Tao en reconciliar por ósmosis los contrarios aparentes.

Si el ser y el no-ser se engendran mutuamente, para lo cual es interesante evocar la imagen de la interrelación entre Yin y Yang, resulta entonces que:

“Ser y no-ser tienen el mismo origen,
aunque distinto nombre.
Su identidad es el Misterio
y en este Misterio se halla la puerta de toda maravilla.” (I)

Esta estrofa del libro de sabiduría oriental nos invita a comprender que esta gestación mutua de ser y no-ser orbita sobre el origen mismo de los términos. Observamos que la diferencia es tan solo la superficial presencia de la partícula negativa, aunque el colofón nos deja un poco con la miel en los labios. Esto es así pues el autor se refugia en el Misterio, esa puerta de toda maravilla que nos retrasa la certeza que estábamos a punto de obtener. Pero ésta es una prueba de la naturaleza especial, única e impenetrable del pensamiento taoísta, que arroja un guijarro a la laguna de la mente y observa desde la quietud cómo se expanden las ondas. Los más atentos percibirán la sofocada risa del hombre del Tao refugiado tras un arbusto.




LOS EXTREMOS SE UNEN

Así las cosas, a nuestro pensamiento occidental —presa de un apetito más empírico— parece no servirle esta inmersión en el misterio, que parece dejar el conocimiento al albur de un sentimiento que se nos antoja inaprensible. Pero desde la observación práctica podemos confirmar, de una manera nada compleja, el discurrir del razonamiento taoísta. Lo fácil y lo difícil se complementan pues si eliminamos una de las partes, la otra pierde su sustento. Una tarea es fácil en contraposición a otra que es difícil; si no existiera este concepto, significaría que todo es fácil, y si todo es fácil es porque en realidad nada es fácil ni difícil y el adjetivo pierde su razón de ser. De la misma manera, lo corto lo es porque existe lo largo; así también el alto y el bajo, el sonido y el tono, el antes y el después.

¿Podría ser esta desaparición de extremos lo que nos quiere referir Tomás? Podemos releer ahora el texto y extraer la primera porción para la cata:

“Jesús vio unas criaturas que estaban siendo amamantadas y dijo a sus discípulos: «Estas criaturas a las que están dando el pecho se parecen a quienes entran en el Reino». Ellos le dijeron: «¿Podremos nosotros —haciéndonos pequeños— entrar en el Reino?»…”

En primer lugar, puede observarse que los discípulos funcionan con estímulos muy simples: están a años luz del pensamiento de su maestro. Por eso Jesús hablaba en parábolas, pues son historias sencillas que pretenden iluminar a intelectos que aún adolecen de formación. No hablaba a filósofos, eruditos ni doctores, sino a pescadores y gente sencilla, por lo que tiene que adecuar el lenguaje para que la comunicación fluya. ¿Existe un paralelismo en este sentido con el Tao Te Ching? Léase en primer lugar la siguiente estrofa completa:

“Unir cuerpo y alma en un conjunto
en un abrazo sin separación.
Dominar la respiración hasta hacerla
tan armónica como la de un recién nacido.
Purificarse alejando las visiones demasiado profundas
para no desgastarse en vano.
Querer al pueblo, gobernar el estado
practicando el no-hacer.
Abrir y cerrar las puertas del cielo
aprendiendo a realizar lo femenino.

Entendiéndolo todo,
ser como aquél que nada sabe.” (X)

Por otro lado, la siguiente estrofa se centra aún más en la naturaleza del bebé:

“Quien alcanza la mayor virtud
es como un recién nacido.

Los reptiles venenosos no le muerden.
Las fieras salvajes no le atacan.
Las aves rapaces no le raptan.
Tiene blandos los huesos y débiles los tendones,
pero agarra firmemente.
Ignora la unión de los sexos,
pero posee la íntegra plenitud de su esperma.
Llora todo el día, pero no enronquece.
Por eso él encarna la perfecta armonía.

Conocer la armonía es conocer la eternidad.
Conocer la eternidad es ser iluminado.

Abusar de la vida es nefasto.
Contener el aliento causa esfuerzo.
Los seres, cuando han llegado a su madurez,
empiezan a envejecer.
Esto ocurre a todo lo opuesto al Tao.
Y lo opuesto al Tao
perece prematuramente.” (LV)

Si retomamos el discurso del Evangelio de Tomás, Jesús dice que los bebés son como los que quieren entrar en el Reino (de los cielos), pero los discípulos lo toman de manera literal, la metáfora no les alcanza. Por ello, el maestro trata de explicar la cosa:

«Cuando seáis capaces de hacer de dos cosas una, y de configurar lo interior con lo exterior, y lo exterior con lo interior, y lo de arriba con lo de abajo, y de reducir a la unidad lo masculino y lo femenino, de manera que el macho deje de ser macho y la hembra deje de ser hembra; cuando hagáis ojos de un solo ojo y una mano en lugar de una mano y un pie en lugar de un pie y una imagen en lugar de una imagen, entonces podréis entrar [en el Reino]».

No tenemos registro de lo que ocurre después o si los discípulos se enteran de algo, pero es fácil inferir que quedarán tan perplejos como si no les hubiera explicado nada. Porque sus mentes sencillas no están acostumbradas a entender los entresijos de la contradicción, aguas turbulentas en las que su maestro navegaba sin dificultad alguna. Pero Jesús no solo demuestra ser sin duda conocedor de la sabiduría oriental, pues sus palabras encierran también conocimientos que podemos encontrar en otras fuentes esotéricas como el hermetismo. Resulta notable el paralelismo con el famoso principio de correspondencia atribuido a Hermes Trismegisto:

“Como es arriba es abajo”

O expresado en términos evangélicos: “así en la Tierra como en el Cielo”. Un discípulo de Jesús no podía siquiera intuir el mensaje que les llegaba como una descarga, que contiene un concepto absolutamente novedoso para ellos: la unidad, entendida como la integración de los extremos en un solo concepto y la trascendencia de la dualidad.

Un discípulo de Jesús vive en una realidad más próxima al axioma, que le resulta fácil de entender: los tratados de las leyes mosaicas, de las leyes romanas, de los preceptos farisaicos o de la ordenación social. Porque el dogma tiene la utilidad de resultar de más fácil asimilación, pues no son sino disposiciones basadas en una verdad tomada como absoluta, que no precisa cuestionamiento. El axioma es incompatible con la contradicción, con el sentido de la unidad, pues traza fronteras precisas: culpables frente a inocentes, buenos frente a malos, hombres y mujeres, justos y pecadores… es en estas aguas de la separación donde los sencillos discípulos navegan desde que vieron la luz; se sienten cómodos hasta que la llegada del maestro les obliga a desembarcar en tierras desconocidas.

¿PODEMOS SER COMO NIÑOS?

En éste y otros estudios hemos observado cómo las enseñanzas cristianas, budistas, taoístas, hinduistas y esotéricas entre otras nos llevan al mismo punto, a un mensaje común: vigilar, estar atentos, no dormirse… Es abrumadora la cantidad de parábolas, sentencias, aforismos, cuentos, oraciones e instrucciones que pueden resumirse en estos términos. No menos recurrente es la idea de los niños o recién nacidos, como hemos visto tan bellamente expresada en el Tao Te Ching y en diversos pasajes evangélicos.

Pero, ¿qué significa para los maestros hacerse como niños? Si nuestro destino natural es crecer, adquirir experiencia y madurar parece contradictorio retroceder a estadios anteriores como la infancia para mostrar un mayor desarrollo. Es más, parece que una de las peores cosas que podemos señalar a alguien es su inmadurez o infantilismo como seña de retardo emocional, social o mental.

En este momento resulta conveniente volver al relato con el que habíamos abierto la entrada y del que no habíamos hecho comentario alguno. Es un conocido cuento zen que te recomiendo releer con atención para que podamos salir del laberinto en el que nos hemos metido.



En este relato encontramos un magnífico ejemplo de lo que es ser como un niño, y no creo que nadie piense que el maestro del cuento muestre rasgos inmaduros o pueriles. Sin embargo, el alumno parece un adulto al uso, está enrabietado como un niño: interpreta el celo de la condición del monje desde una postura con tintes fanáticos, escolásticos, rígidos; diríase que con escasa madurez. Es rehén de su educación, sus normas y sus prejuicios, de los que se siente incapaz de salir. El maestro solo estaba ayudando a una persona, daba igual si era una bella geisha, un anciano, un joven o una comadrona. Tuvo ocasión de ser útil, de emplear su fuerza y lo hizo sin más, sin pensar y sin segundas intenciones. Como un recién nacido cuando se agarra al pecho materno. El maestro vive en el mundo pero no pertenece a él, no es esclavo de sus engaños. No precisa vivir retirado en una cumbre del Himalaya o en una cueva del desierto; no nos cuesta imaginar que puede ser un maestro anónimo que cuida su huerto, acude al mercado, pasea por el pueblo, atiende a quien le pregunta… y al tiempo es un monje dedicado. Evita buscar los extremos hasta en su propia praxis.

Los mensajes de los maestros están en realidad tras los barrotes de las palabras. Y la única exigencia para liberar el conocimiento es estar atentos, escuchar. No es difícil observar que nos instan a despertar, y eso es porque presuponen que estamos dormidos. El recién nacido es pura esencia, es lo más parecido a nosotros mismos que jamás seremos. Con el discurrir de los años el peso de la educación, de la imitación y las convenciones irán instruyendo al niño, al tiempo que esa esencia es sepultada tras el ajuar de disfraces y máscaras del mundo exterior. De forma lenta pero inexorable se irá sumiendo en sueños de buena conducta, educación, moralidad, reglas sociales, utilidad, y todo intento suyo de permanecer despierto será severamente castigado. Porque un dormido que quiere permanecer en el sueño lo que menos tolera es el llanto del despierto. Observa el proceder de un recién nacido, que al no saber nada parece alcanzarlo todo: en él no hay hipocresía, no hay fingimiento, no hay vanidad, no hay artificio, no hay mentira, no hay doblez. Hay una canción que describe magnífica y artísticamente esta situación, del grupo británico Supertramp: The Logical Song, por si tienes ocasión de escucharla.

El maestro no va contra la vida, pues nos señala un camino de pureza que no es incompatible con hacerse adultos. No hay ningún reproche en adquirir cultura, administrar bienes o actuar conforme a las reglas que la sociedad dicta, tan solo hay una condición particular: vivir en el mundo sin pertenecer a él. Conoce la diferencia entre la parte esencial que representa el niño y la parte de la falsa personalidad, la condición imaginaria en que se complace un mundo de apariencias y sensaciones.

El niño es por tanto un medio y no un destino, es un símbolo; ni siquiera es algo lógico. Es paradójicamente una referencia de evolución anterior al tiempo y la experiencia, al menos a efectos del estado de sueño. Como prologaba Nietzsche en Así habló Zaratustra:

“…Zaratustra se ha convertido en un niño, Zaratustra es un despierto: ¿qué quiere hacer ahora entre los que duermen”

Nótense los paralelismos entre niño - despierto y hombre - dormido. Más adelante, el filósofo alemán escribe:

“Yo os enseño el superhombre. El hombre es algo que debe ser superado. ¿Qué habéis hecho para superarlo?”

Resulta interesante el vínculo que hallamos entre el mensaje del primer inmoralista de la historia (según las propias palabras de Nietzsche en Ecce Homo) y autor de El Anticristo con las enseñanzas que recibieron sus ataques más feroces, empezando por el mismo Jesucristo. Si tantos malentendidos ha producido el concepto de Superhombre nietzscheano, una rápida lectura nos indica que considera al hombre corriente como “algo que debe ser superado”; es decir, una etapa. ¿Qué diferencia hay entre este aserto, al socaire de un Zaratustra hecho niño y despierto entre los dormidos, y los textos evangélicos y taoístas reseñados? Podríamos trazar el siguiente esquema evolutivo del despertar:

Niño                       Hombre común                Superhombre
Despierto               Dormido                           Despierto

Llámese Superhombre, iluminado o simplemente hombre consciente, vemos el singular devenir de unas etapas carentes de diacronía, una especie de avance oscilatorio sujeto a fuerzas centrífugas y centrípetas (si entendemos el ser como una especie de centro comparable a un círculo interior) con una tendencia natural, en caso de inercia, hacia la inmovilización. Se dice que el movimiento se demuestra andando, y el combustible necesario para salir de un falso estado de equilibrio lo aporta una voluntad verdadera. ¿Por qué decimos verdadera? Dentro del imaginario del pensamiento humano hay una falsa concepción de la voluntad que no es sino la intensificación de un deseo, la fijación en un resultado de cualquier índole que suele caracterizarse por una obsesión que no se calma al alcanzar la meta, sino que ofrece en esencia dos posibilidades: que este objetivo sea abstracto y siempre ofrezca margen de ampliación (como ganar más dinero) o sea una meta concreta que abre la posibilidad de otros objetivos mayores (como ganar una carrera o terminar un curso).

Una voluntad verdadera es simple y llanamente la capacidad de hacer algo con lo que tenemos o con lo que sabemos; una mera acumulación de conocimientos, datos o bienes carece de sentido si no sabemos qué hacer con ello, como el avaro arquetípico de los cuentos que atesora monedas de oro mientras duerme en el suelo y come mendrugos. Parece que hay un punto tan interesante como indefinido en la conjugación de madurez y despertar, ese “ser como niños” mientras vivimos la existencia que nos corresponde en nuestro estado adulto.

Y conviene recordar que no hay ninguna llamada al infantilismo en las palabras de los maestros. Ellos nos insisten que hemos de ser como niños, no ser niños. ¿Recuerdas el cuento de los tres ciegos en El Haber, tres santones y otras breves reflexiones? Si te da pereza releerlo yo te lo refresco: ellos también llegan a su verdad diciendo que la pata del elefante es como una columna, la oreja es como un abanico y la trompa es como una serpiente. Es el mismo símil como el de este caso con los inocentes lactantes. Podemos ser adultos y desarrollar nuestra personalidad sin perder la esencia, aun cuando para el hombre moderno esto parezca una labor titánica. De una persona que se dice que tiene mucha personalidad es muy probable que estemos ante alguien sumamente alejado de su esencia y refugiado en su “gran personalidad” de actor, abogado, escritor o empresario. El mérito está en cultivar la personalidad sin perder de vista lo que realmente somos, de dónde venimos ni hacia dónde vamos. Para profundizar en este aspecto, te recomiendo la lectura de ¿Hay alguien ahí?. En todo caso: Memento mori.

Pero si pensamos por un momento los conceptos repasados: niños, hombres, superhombres, dormidos, despiertos, sueños… ¿qué tiene que ver todo esto con la comunicación? ¿Y con Heidegger y Lacan?

Lo primero que podemos observar es que ambos, pese a su aparentes dificultades de entendimiento, residen en espacios comunes. Sin ir más lejos, encontramos un denominador común en la figura del referido Nietzsche, que será influyente para ambos; tanto que Heidegger tituló con el apellido del filósofo una obra con la que quiso definir el concepto de nihilismo; mientras que por otro lado, la lectura del Zaratustra conmocionó profundamente a un joven Lacan. En un orden más cercano al meramente expresivo, ambos emplean muchas y profundas palabras que deberían servir de vehículo para una comunicación fértil. ¿Es esto así? A simple vista, no resulta sorprendente ni novedoso el ejercicio consistente en hablar mucho para no decir nada en absoluto, aunque tal extremo se me antoja aventurado en el caso de estas dos mentes brillantes. La cuestión contraria nos llevaría a la comunicación con pocas palabras o incluso sin ellas; permítaseme recordar un caso que ya hemos rozado.



COMUNICAR SIN PALABRAS

Si antes me refería al diálogo que mantuve con mi querida Peggy Sue aquella tarde aciaga en el Retiro, éste tuvo origen en un relato oriental que ilustra precisamente un hecho comunicativo, el cual también apareció en La Iluminación siempre llama dos veces:

“Se cuenta que cierto día, Buda se disponía a dar un sermón ante una gran congregación de monjes. Cuando apareció ante ellos y les saludó, alguien le ofreció una flor. Buda la recogió y se la mostró a todos. Durante largo tiempo, no pronunció palabra. Era algo inusual, pues Buda solía ser muy elocuente. Al cabo de cierto tiempo, la congregación empezó a incomodarse:

—El Maestro habrá perdido la memoria, debido a su avanzada edad —especularon algunos—.
—El Maestro intenta decirnos algo muy profundo. ¡Debemos poner todo el empeño en descubrirlo! —opinaban otros—.

Entre todos los presentes, tan solo un discípulo, Mahakashyapa, conservaba la calma. Parecía haber entendido y sonrió al Maestro. Al ver esto, Buda se llenó de júbilo y dijo a la congregación:

—Tengo un tesoro de saber y el corazón dichoso. Puesto que la realidad última no tiene forma, he hallado un método maravilloso para transmitirla. Este método no se basa en palabras. En realidad, mi enseñanza es menos importante que la propia comprensión del estudiante. Así transmito este método a Mahakashyapa.”

Si el lector quiere hacer un ejercicio de reflexión adicional, le sugiero que confronte este Sermón de la Flor de Buda con el Sermón de la Montaña de Jesús y medite sobre los paralelismos, si es que los hay. Bien; en este relato se recoge como en un valle fértil toda la simbología que hemos desarrollado hasta ahora: un recién nacido (renacido) como Buda (despierto o iluminado) transmite un mensaje en silencio, que es recogido por el discípulo adecuado tras sortear los obstáculos de las palabras. Al mismo tiempo, comprobamos cómo en unas breves líneas percibimos clarísimamente tanto el éxito como el fracaso en la comunicación, y cómo tienen el mismo origen (recuérdense la estrofa I del Tao Te Ching, anteriormente reseñada). Y como dijo Peggy Sue poco después: “Tú también empleas muchas palabras”. Cierto, así que tampoco yo soy profeta en mi tierra. A este respecto, solo resta traer de nuevo otros versos del Tao Te Ching:

Quienes saben no hablan;
quienes hablan no saben.

Sin embargo Heidegger y Lacan hablaron, escribieron y publicaron con profusión, y “pese a ello” dan muestras de una gran erudición, rompiendo la ecuación taoísta. ¿Es posible tal cosa? ¿Son contradictorias las máximas del Buda Gautama y de Lao-Tse o hay algo que se nos escapa?

Iniciaba este estudio explicando cómo Lacan y Heidegger, pese a haberse referido el uno al otro en multitud de publicaciones y comentarios, apenas habían coincidido personalmente. Sin embargo, en una ocasión ocurrió que ambos se habían encontrado en un restaurante de Friburgo; y he aquí el germen del diálogo. Más allá de que tuviera información fresca de ambos personajes y que vinieran al pelo para reivindicar el hecho de una comunicación nutritiva, no podía dejar de imaginar lo pintoresco que era imaginar a un Lacan que hablaba por los codos ante un Heidegger que no decía palabra.

Pero en este punto alcanzamos la parte nuclear del problema: en realidad no hubo una comunicación propiamente dicha entre ambos personajes, si entendemos como tal una aportación mutua de ideas, conocimientos y puntos de vista en la que ambos hubieran podido confrontar tanto diferencias como puntos de encuentro. En ningún momento se percibe un proceso de escucha activa ni un mínimo nivel empático, características mínimas para que un proceso de comunicación más allá de las palabras tenga lugar. Fue a partir de aquí, intrigado por los referidos y evidentes puntos de encuentro, cuando me propuse encontrar el hipotético diálogo que ambos podrían haber mantenido.



EL HOMBRE QUE CONDUCÍA LOS CABALLOS

Recuerdo que en este momento de mi estudio recapitulé sobre las interesantes reflexiones de Gurdjieff al respecto de las ideas del Cuarto Camino y la clasificación de los hombres según este sistema. Era evidente que tanto Lacan como Heidegger eran “hombres nº 3”, es decir, personas cuya actividad psíquica está centrada en el intelecto y con las funciones emocionales y motoras supeditadas a este aspecto. Son hombres que construyen desde y hacia el raciocinio, que necesitan elaboradas teorías, planteamientos abstrusos que inevitablemente conducen al empleo de términos tan técnicos como oscuros, y han de nutrirse de fuentes con el mismo grado de sofisticación intelectual.

Pero una intelectualidad pura solo ha de desarrollarse a expensas de otras cualidades, de los centros restantes como hubiera explicado Gurdjieff. En este sistema de clasificación humano, si los hombres “Nº 3” eran los intelectuales, los “Nº 1” lo formarían las personas cuyo centro de gravedad orbitaría en lo instintivo y el “centro motor” (es decir, lo físico), mientras que los “Nº 2” estarían regidos por el centro emocional, por lo que las funciones del sentimiento marcarían el rumbo de su vida psíquica.

Hay que aclarar que esta clasificación es ante todo epistemológica y trata de ilustrar gráficamente la manera en que la vida psíquica rige la conducta por defecto de la persona; así que no es precisa una literalidad cartesiana. También hay que tener en cuenta que la nomenclatura puede inducir a pensar en una clasificación jerárquica que en realidad no existe: un hombre “Nº 1” no es “superior” a un “Nº 3”, ni éste es “inferior” a un “Nº 2”.

Si nos preguntamos cuáles era los tres caminos tradicionales, estos se explican como los del faquir, el monje y el yogui, cuyo compromiso conlleva necesariamente una absorción total en el mismo, una renuncia al mundo. Es interesante que el Cuarto Camino era definido por Gurdjieff y sus seguidores como el del hombre astuto, esa persona corriente que ejemplificaban con el padre de familia que no ha de renunciar a la vida ni abandonar sus quehaceres sociales o familiares para emprender un camino de comprensión. Es la misma astucia que precisamos para vivir en el mundo sin pertenecer a él, para recorrer sus sendas sin ser víctima de sus emboscadas, evitando la retirada hacia adelante que puede despeñarse en el trasmundo de un misticismo inaprensible o una emocionalidad desbordada.

Estos “centros” y sus conexiones los vemos reflejados en una antigua enseñanza oriental que compara al ser humano con un carruaje tirado por un caballo. Así, el carro en sí sería la parte corporal, el caballo representaría la parte emocional y el deseo; el cochero sería la mente o el intelecto. El cuarto elemento sería el amo, que podemos entender como conciencia, alma, ser superior o como se prefiera.

Lo primero que hay que entender es que los elementos estén en buen estado para funcionar; así el carro debe estar limpio y engrasado, el caballo sano y bien alimentado, mientras que el cochero debe ocuparse del control y el cuidado de todos los elementos incluido él mismo. Así, debe también estar en condiciones físicas y mentales adecuadas para guiar el carro y conocer las artes de esta conducción.

Pero tan importantes como los elementos en sí lo son las conexiones entre ellos. El carruaje se conecta mediante al tiro al caballo, éste por las riendas al cochero, que a su vez ha de oír las instrucciones del amo. El requisito principal es que el cochero esté despierto (esto ya nos va resultando familiar), pues si está dormido o no entiende lo que dice su amo (debe conocer el código) difícilmente dará cumplimiento a sus instrucciones. Si el cochero no está en condiciones de dirigir el carro, la emoción desatada (el caballo) tirará de éste de manera descontrolada, lo que se traducirá en el mejor de los casos en un viaje errático; en el peor puede ocurrir un accidente. El tiro también debe estar bien conectado, en caso contrario el caballo arrancará sin el carruaje o éste se soltará en el primer bache, con resultados similares al caso anterior.

¿En qué resulta, entonces, el mal funcionamiento de las conexiones en este conjunto? Estamos, en esencia, ante un fracaso en la comunicación, si bien con una naturaleza diferente al comentado hasta ahora: éste es de carácter interno, ya que el carruaje es símbolo de la persona y sus componentes física, mental, emocional y espiritual. Si dicen que la caridad comienza por uno mismo, lo mismo puede decirse de la comunicación exitosa. Quizá no reflexionemos a menudo que nuestras partes también comunican y se comunican, y que puede haber entre ellas malinterpretaciones y conexiones defectuosas; incluso podemos llegar a mentirnos a nosotros mismos. Analícese si lo que podemos llamar emociones negativas (ira, envidia, frustración, depresión, pereza, ansiedad…) no son sino expresión de estos fallos en la comunicación; reflejos de un caballo desbocado, un cochero dormido o un carruaje con las ruedas desgastadas.



EL ARTE DE LA ESCUCHA

En el caso de nuestros protagonistas, es evidente que urden sus paños desde un intelecto puro, y si otorgamos a las funciones instintivas o motoras un papel prácticamente irrelevante en la cuestión, cabe entender que el elemento emocional se halla en una especie de subdesarrollo que puede afectar al proceso. ¿Cuál sería el papel de la emocionalidad en este asunto? ¿Hay en esto una componente sentimental? En absoluto, pues en este caso estaríamos desplazándonos hacia otro extremo. La comprensión está más cerca de la emoción que la intelectualidad, y esto se hace más palpable en la escucha. Si la tarea del intelecto es básicamente decodificar los signos del mensaje, almacenarlos y contrastarlos con los archivos puramente cognitivos de la memoria, esto no es suficiente para una comunicación verdadera. La escucha requiere una componente de emoción que se traduce en atención y un mínimo grado de empatía hacia el emisor, sin que por ello haya de estar necesariamente de acuerdo. Empatía implica ponerse en el lugar del emisor desde el respeto y evaluar el contenido que está vertiendo sin necesidad de aceptarlo ciegamente ni rechazarlo de manera automática.

Esto parece lógico y sencillo pero no lo es. Escuchamos con el prejuicio de aceptar tácitamente lo que nos interesa y aquello con lo que comulgamos, mientras que rechazamos mecánicamente lo que es contrario a nuestro discurrir habitual, en una especie de danza polar que tan bien expresan esos simplismos popularizados por las redes sociales con pulgar hacia arriba o pulgar hacia abajo, como si fuéramos césares en un circo virtual. Esta dualidad exclusiva y excluyente puede privarnos del criterio necesario para una autoevaluación, tan necesaria como la evaluación ajena que aplicamos sin dificultad. Porque puede ocurrir que nuestras posiciones mentales necesiten una revisión, y si solo alimentamos nuestra hoguera con gasolina solo obtendremos más fuego, que quizá produzca un incendio. Podemos poner algún ejemplo clarificador basado en casos reales y cotidianos; para lo que me remito a lo explicado en el capítulo Incertidumbres certeras:

“—…Supongo que has visto o escuchado debates políticos.
—Claro.
—Es un ejemplo evidente de lo que te digo. Todos los contertulios hablan sin parar, desde su postura inamovible y presentarán gráficos, datos y cifras que respaldan de manera incontestable su postura. Mientras los demás guardan silencio (bueno, no siempre) y en lugar de escuchar, están preparando sus argumentos que también tendrán su soporte debidamente documentado con la intención de rebatir al otro, diga lo que diga.
—Es cierto que este tipo de debates suelen ser tensos, incluso violentos.
—Así es, porque se encuentran los egos de diversas personas, y desde el ego no se puede llegar a entendimiento. De esta manera, las expresiones del “y tú más” o “yo tengo la razón”, en sus más variopintas versiones revestidas de retórica, son el único trasfondo de tales conversaciones, que nunca llegan a ningún sitio.”

El ego, sinónimo de la personalidad a la que nos referíamos con anterioridad, carece de una emocionalidad auténtica, tan solo adopta roles de visceralidad, vehemencia o terquedad que son emociones artificiales sostenidas sobre falsos valores de discriminación. Estos parecen dioses terribles, aquejados de una insaciable sed que intentan sofocar con los sacrificios de aquellos que intentan abrir las ventanas para respirar un aire libre de alientos reutilizados. Con estos moldes de emoción inauténtica y una intelectualidad ciega al servicio de ideas enquistadas los oídos oyen pero no escuchan, los ojos miran pero no ven.

Nuestros personajes del diálogo tampoco se escucharon, aunque tenían oídos y un nivel cultural muy por encima del humano común. Son erudición viva, y un erudito puro dista de la esencialidad de esa niñez sobre la que hemos abundado. Pero que nadie interprete esto como un severo juicio, pues puede apartarse de la senda que apenas hemos esbozado. Ser como niños no es un axioma per se ni la interpretación ha de agotarse en las fuentes de las que hemos bebido; si alguien se aferra con uñas y dientes a la definición (las palabras, recuerda la trampa) es porque no ha comprendido bien. La idea de la condición esencial del niño no ha de pensarse en términos de “correcto / incorrecto”, pues no está contenida en un sistema moral que tendría que emanar de preceptos, leyes y principios establecidos intelectualmente. Si pretendemos en cambio una moralización axiomática podemos estrangularnos con nuestro propio hilo de Ariadna antes de encontrar la salida del laberinto, que en términos coloquiales equivaldría a saltar de la sartén para caer en las brasas. Si huimos de la erudición (que no tiene por qué ser negativa en sí misma) para alcanzar otra erudición revestida con otros elementos (que tampoco han de ser necesariamente negativos) estamos empleando las magnitudes equivocadas, como si quisiéramos medir el calor con una regla. La esencia que representa el niño no ha de suponer un rechazo de lo intelectual, sino una ponderación al nivel de todos los elementos que han de componer la comunicación.

Reflexiónese si podríamos utilizar este hilo de pensamiento para acotar la conciencia, más allá de los términos académicos al uso. Es precisamente una cuestión de conciencia la que me impulsó a aclarar las aguas un tanto turbias en las que había invitado a nadar al lector. ¿Cómo hice esto? Lo explico sucintamente en las…

ÚLTIMAS PALABRAS… POR HOY

Porque resulta que durante la propia historia de El Jardín del Loco se trata de aclarar esta turbieza, y esta intención se puede leer en el siguiente párrafo cerca del final, en el penúltimo capítulo titulado El Juicio Salomónico. En éste, le explico a Paracelso el diálogo con estas breves palabras:

“—Veo que no entendiste el texto. La conversación que, en efecto, nunca se produjo, es un desencuentro de mentes que no pueden encontrarse, enquistadas en sus respectivas posturas. Dos cerebros brillantes incapaces de admitir que se refirieron el uno al otro, minúsculo reflejo de una sociedad que habla pero no dice, que oye pero no escucha, que entrega el diezmo pensando en la desgravación. No hay puente posible, es un fracaso de la comunicación, expresado de manera humorística en la cuenta pendiente que deja Lacan.”

Al lector más atento de El Jardín del Loco no se le habrá escapado esta explicación, si bien habrá tenido que sortear una legión de distracciones en forma de conceptos, símbolos, personajes y, por supuesto, palabras. Tan solo se requería un ejercicio de atención lectora para saber que, aun no entendiendo nada del pensamiento de Heidegger, Lacan, Derrida, Sartre, Heráclito o Beaufret no se nos perdía nada. Este diálogo no ayuda ni perjudica a la historia, basta con adquirir la noción de que solo entendemos que no entendemos nada; y ésta es la única cuestión a entender.

Por tanto, si lo que se quiere comunicar es el fracaso en la comunicación en sí, el objeto de la misma pasa necesariamente a un segundo plano. Puede tener relevancia para el erudito en la materia, pero al profano le basta obtener la esencia del encuentro. Si los protagonistas permanecen enquistados en sus posiciones y visiones particulares de los espacios comunes sobre los que trabajaron y disertaron, no han de ser sino un espejo en el que contemplar nuestras propias cualidades comunicadoras. Podemos entender que, tal como explicábamos en el apartado LA UNIDAD ENGENDRA LA DUALIDAD, nuestro lenguaje ordinario contiene un elemento de subjetividad que es tan inevitable como relevante en el momento de codificar y decodificar el mensaje a transmitir o recibir.

Y vuelvo a repetir la idea fundamental de este estudio: resulta que múltiples tradiciones evangélicas, taoístas, budistas, esotéricas, filosóficas, etc.; convergen en mensajes sencillísimos, archiconcretos y protoconscientes: escuchad, vigilad, atended… dicho lo cual, si no lo has hecho aún, estás más que preparado para afrontar exitosamente la lectura de Heidegger versus Lacan.

Steve, junio de 2020
steve.madrid@outlook.es